“Dejad de llamarme tradwife”. Así se titula el reciente episodio del podcast Call Her Daddy en el que la modelo e influencer Nara Smith reniega del término. El mismo que la ha acompañado desde que empezó a hacerse conocida en redes sociales por sus elaboradísimas recetas en las que prepara todo “desde cero” ataviada con vestidos de alta costura. En la conversación, Smith saca su móvil para buscar la definición de tradwife y, punto por punto, va desmintiendo que lo que, en teoría, caracteriza a estas “esposas tradicionales” tenga algo que ver con ella. Según va leyendo, una tradwife es una mujer que abraza o promueve un modelo basado en el matrimonio y la familia, priorizando el cuidado de la casa y de sus hijos, apoyando el rol de su marido como el sustento principal y poniendo en valor los roles de género tradicionales dentro del matrimonio.Smith, que tiene 24 años y cuatro hijos, alega que ella “es una madre trabajadora” que viaja sin parar y a la que simplemente le encanta cocinar. “¡Que me denuncien!”, le espeta a Alex Cooper, la presentadora del podcast. “Además, mi marido lo quema todo, excepto un buen filete”, añade con una calculada inocencia. Afirma que ambos se dividen el trabajo de crianza al 50%, que él siempre friega los platos y que ella, al igual que su pareja, provee para su familia. “Así que han cogido la imagen de una mujer en una cocina con un vestido espectacular y han asumido que esa es tu vida y que hemos retrocedido en el tiempo”, incide Cooper, a lo que Smith responde que la sociedad se empeña en encajonar a las mujeres en ciertas definiciones. “¿Por qué no podemos hacerlo todo?”, se pregunta la influencer, obviando las décadas que el movimiento feminista lleva poniendo ese mito en cuestión.Puede que Nara Smith nunca se haya identificado con la etiqueta de tradwife —un término, por cierto, creado por hombres en el foro de internet 4chan y que forma parte del lenguaje incel— y, a juzgar por lo que cuenta, ni siquiera encajaría en lo se supone que debe ser una “esposa tradicional”. Pero lo cierto es que no importa. Se ha servido de su estética, preparando recetas caseras con mil y un pasos, narradas con una voz suave, casi susurrada, y ha ganado muchísimo dinero con ello. ¿A qué viene esta luz de gas que pretende hacer dudar a todo el mundo de lo que ha visto con sus propios ojos?Con sus vídeos, Nara Smith ha contribuido a inflar la burbuja de un movimiento —por llamarlo de alguna manera— que no existe como tal fuera de las redes sociales. Por supuesto, existen las amas de casa que dedican sus jornadas a cuidar de sus hijos (si los tienen), a cocinar, limpiar, ir a la compra y encargarse de la infinita lista de tareas que implica el trabajo doméstico y de cuidados. Las hay, incluso, que defienden que es el hombre el que debe encargarse de proveer para su familia y que el lugar de las mujeres está en casa, siendo esposas y madres ejemplares. Sin embargo, las tradwives que vemos en redes sociales son... otra cosa. Las que han saltado a la fama, como Nara Smith o la mormona Hannah Neeleman —más conocida como Ballerina Farm, que es también el nombre de la empresa de productos de alimentación y para el hogar que codirige junto a su marido— o, aquí en España, la influencer Roro —que también ha renegado del término tradwife, aunque hace poco haya reconocido haberse inspirado en Nara Smith para crear sus vídeos de recetas en los que cocina para su novio Pablo— son, en realidad, empresarias que manejan negocios millonarios asociados a sus personajes de redes sociales. Su contenido y el de otras influencers similares glamuriza un estilo de vida que parece que viene dado por el hecho de ser amas de casa, tener siempre un aspecto impecable y un marido que “provee”, cuando, en realidad, viene de su trabajo como creadoras de contenido. La vida de las tradwives que vemos en internet siempre fue una ilusión, una performance inflada por el algoritmo y alentada por grupos de ultraderecha a los que estas esposas dedicadas en cuerpo y alma al hogar y a la familia les venían de perlas. El auge de las tradwives, un fenómeno sobre todo estadounidense surgido tras la pandemia de Covid-19, se produjo de forma más o menos paralela a la campaña presidencial que llevaría a Donald Trump a su segundo mandato. Ahora, con la popularidad del presidente de Estados Unidos cayendo en picado, estar asociada a este tipo de figuras y corrientes políticas no parece tan beneficioso para la marca personal de estas influencers, de ahí el distanciamiento de una narrativa que, en un inicio, les sirvió para prosperar en su carrera. Toca renovarse. No parece coincidencia que uno de los libros de este año sea Yesteryear, de Caro Claire Burke, un relato de ficción que cuenta la caída en desgracia de una tradwife que, un buen día, “amanece” en otra época, concretamente en 1855. Natalie, la protagonista, una devota madre y ama de casa ultrarreligiosa, que ha dedicado su vida a promover en redes sociales un estilo de vida tradicional, preparando recetas “desde cero” y cuidando de su familia en un idílico rancho de Idaho, se encuentra de pronto viviendo en ese periodo que con tanta nostalgia parecía emular en el contenido que creaba para sus seguidoras. Y, por supuesto, ahí nada es idílico. La novela, que próximamente se convertirá en película, con Anne Hathaway como productora y protagonista, está teniendo un enorme éxito no solo por la efectiva campaña de marketing que la ha rodeado, sino porque retrata, en forma de sátira, la cultura de estas influencers y cómo nos relacionamos con ellas. Además, pone en el centro el debate alrededor de la controvertida figura de las tradwives, que las persigue desde que empezaron a despuntar en redes sociales. En la novela, Natalie bautiza a todas aquellas que no comulgan con el estilo de vida que ella promueve como “Mujeres Enfadadas”, encapsulando esa idea difundida por los sectores más reaccionarios de que el feminismo impide a las mujeres ser felices, porque las aleja de una vida volcada en la familia y el hogar. Una vida a la que, según ellos, estamos destinadas por naturaleza. Si los vídeos de las tradwives han tenido tanto éxito no ha sido solo porque han conectado con cierto público conservador, sino porque también lo han hecho con una serie de mujeres jóvenes cansadas o decepcionadas con la cultura girlboss de los 2010. El fenómeno de las girlbosses (algo así como “jefazas”) alentaba el liderazgo de las mujeres en el mundo empresarial abanderando un supuesto feminismo que, a la larga, se destapó como una mera fachada al descubrirse que muchas de estas empresarias llevaron a cabo prácticas discriminatorias o alimentaron ambientes de trabajo tóxicos. Esta hipocresía, sumada a un panorama pospandémico y a otros factores que dibujaban un horizonte de futuro bastante incierto, hicieron que la armoniosa vida doméstica promovida por las tradwives se perfilara, para algunas mujeres jóvenes, como la fantasía escapista perfecta. Sus voces calmadas, sus cocinas impolutas y esa forma de cocinar sin prisa, dejando claro que tienen todo el tiempo y el dinero del mundo para preparar recetas absurdamente laboriosas, funcionan como contrapunto a la insatisfacción contemporánea, evocando un tiempo ficticio en el que todo parecía más sencillo.La autora de Yesteryear afirmaba en una entrevista con Carmen López para S Moda que, aunque el auge de las tradwives se trató al principio como un asunto sin importancia, “ahora sabemos que fue una señal inequívoca de un cambio sociopolítico mucho más significativo”. Aunque las mujeres no han decidido masivamente confinarse en casa, prometer obediencia a sus maridos y dedicar su vida a tener muchos hijos y hacer tartas, sí que se están tomando medidas desde las instituciones estadounidenses que fomentan esa vuelta al hogar, que limitan los derechos reproductivos de las mujeres y encarecen los cuidados de manera que resulte conveniente que alguien se quede en casa para hacer todo ese trabajo. Y ese alguien suelen ser, mayoritariamente, las mujeres (a comienzos de este año, Forbes recogía los datos de una encuesta de 2025 que indicaba que casi medio millón de mujeres en Estados Unidos habían abandonando el mundo del trabajo asalariado; buena parte de ellas citaba las responsabilidades de los cuidados como la razón que les había llevado a hacerlo). Por otro lado, han empezado a aparecer testimonios de mujeres que han llevado lo que se podría definir como un estilo de vida tradwife durante años y han relatado episodios terroríficos de abusos, soledad, control y extrema vulnerabilidad económica por depender para todo de sus maridos. Como ocurre en la novela Yesteryear, cuando la “fantasía” tradwife se vuelve real, hay poco de idílico en ello. Mientras Nara Smith reniega del término tradwife, anuncia que el próximo mes de octubre publicará su primer libro: Homemade, un recetario en cuya portada aparece ella, con un vestido de cuadros rosas que recuerda a los de la época victoriana, cuya falda se transforma en una mesa donde sirve un delicioso desayuno. El año pasado, cuando Roro publicó su libro de recetas, citaba entre las referencias estéticas que habían inspirado las fotografías que lo acompañaban toda una serie de imágenes de amas de casa estadounidenses de los años 50. Tendremos que seguir frotándonos los ojos, porque lo que estas influencers niegan ser no deja de chocar con la realidad de lo que continúan promoviendo. Quizá sea solo una cuestión de imagen, pero la imagen en redes sociales —y me imagino que ellas lo sabrán mejor que nadie— lo es todo.
¿Ha explotado la burbuja de las ‘tradwives’?
Las ‘influencers’ consideradas como adalides de este movimiento reniegan del término después de haber construido negocios millonarios gracias a su contenido, en el que promueven una vida idílica como amas de casa














