Los platos pertenecen a la vajilla 202 Rosa, uno de los diseños más reconocibles de La Cartuja.cristina gómezEn la pared hay una estantería con una vieja radio, un peso de charcutería y un calendario con una imagen religiosa. Sobre la encimera, una lámpara ilumina varios platos y un tirador de cerveza Cruzcampo, todo de loza color crema y curvas a la antigua. Su diseño, color y estampación indican a las claras sus sevillanas maneras y su denominación de origen: la mítica fábrica de vajillas La Cartuja de Sevilla, íntimamente ligada a la historia de ciudad. Hace un año esta empresa andaba con respiración asistida en pleno proceso concursal, pero la llegada de nuevos propietarios ha insuflado oxígeno. Tanto, que los encargos se acumulan. Entre ellos, los 270 grifos cerveceros que, como el que guarda el laboratorio de calidad de la compañía donde las piezas afrontan un riguroso examen, pronto llegarán a los bares para recordar que la firma fundada en 1841 está más viva que nunca. Y olé. Para el imaginario colectivo La Cartuja de Sevilla siempre estuvo ahí. Es un clásico de las casas de campo y de los comedores burgueses los domingos, aunque su alcance es transversal. Forma parte de un ajuar mítico, de una herencia consolidada entre generaciones. Incluso está presente en los fondos de centros como el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid. Su larga historia la emparenta con las agitadas vidas de los fabricantes españoles de vajillas: la vasca Pontesa (ya desaparecida) o Sargadelos (que sobrevive pero no sin esfuerzo). La Cartuja, para bien y para mal, tiene un público “burgués y conservador”, en palabras de María Hernández Macías, investigadora de la Universidad Pablo de Olavide. Esta loza, “discreta pero embriagadora”, como subraya la escritora Inma Aguilera en La dama de la Cartuja, nació del estilo decorativo inglés, de inspiración orientalista. E ilustra perfectamente la íntima relación hispalense con las islas británicas, fomentada por compañías como la fundición Portilla, White y Cía o la Seville Tramways Company, y que incluso está en el origen del equipo de fútbol Sevilla FC. Ejemplo puro de sevillanía, la anglofilia es ya parte de esta ciudad que acumuló poder gracias al comercio con América y aún hoy vive de aquel patrimonio.Para que La Cartuja respire de nuevo han hecho falta muchas casualidades. Y muy variadas. La primera, que los gobiernos españoles de principios del siglo XIX impusieran aranceles a los productos de importación. La segunda, que un inglés que traía vajillas desde Reino Unido hasta Cádiz decidiese contrarrestar aquellas medidas impulsando una fábrica en el monasterio cartujano de Santa María de las Cuevas, que pudo comprar gracias a la famosa desamortización de Mendizábal. Fue Charles Pickman quien remodeló aquel edificio con unos característicos hornos en forma de botella que aún sobresalen en el recinto, ubicado junto al río Guadalquivir y los restos de lo que fue la Expo 92. Desde allí se hizo un nombre en todo el mundo y se fundió para siempre con la historia de Sevilla. La empresa vivió muchas idas y venidas cuando, décadas más tarde, pasó a manos de sus herederos. Hubo momentos álgidos y grandes crisis por la llegada de una competencia más barata. Llegó a ser propiedad del Estado tras la expropiación de los bienes de Ruiz-Mateos en los ochenta. Su declive desde entonces fue lento y firme hasta acercarse a su desaparición. Hasta que se produjo la tercera casualidad. Que una empresaria chilena nieta de emigrante croata y miembro de la familia más rica de su país quedase prendada de unas tazas cartujanas en un hotel de Jerez de la Frontera durante un viaje con una amiga madrileña que la convenció de la compra usando ChatGPT. “Me enamoré nada más verla”, resume la protagonista, Gabriela Luksic, al rememorar aquella noche, a finales de noviembre pasado, cuando sostuvo por primera vez unas piezas de la histórica vajilla sevillana. Se lo dijo a su anfitriona, Mar Madrid, mientras un camarero les servía un jerez. Entonces el camarero intervino: les contó que aquella empresa estaba en liquidación, Luksic cambió el gesto y Madrid llamó a Javier Targhetta —su marido y presidente de Atlantic Copper, una de los principales empresas metalúrgicas de Europa— para que se informase sobre aquel proceso. Entretanto, las mujeres bucearon sobre la historia de la compañía preguntando a la inteligencia artificial. “Ahí me di cuenta del legado que había detrás”, señala la empresaria. “Yo no podía comprarla, pero la animé a ella a hacerlo”, añade Mar Madrid. Dos meses después, firmaron la adquisición de La Cartuja de Sevilla y todas sus marcas por 225.000 euros, en una operación que rondó los dos millones de euros al asumir las deudas con la Seguridad Social y comprometerse a mantener a 30 de los 36 trabajadores (los restantes se jubilaban). Luksic y su hermana Paola se quedaron con el 80% y el matrimonio Madrid Targhetta con el 20% restante. “Estamos muy ilusionadas”, cuentan las mujeres, aún con brillo en los ojos tras bichear en el Archivo Histórico Municipal de Sevilla y encontrar viejos legajos de la compañía y planchas de cobre de los primeros estampados originales. Cerrada desde julio de 2025, sin suministro eléctrico y con mucho polvo acumulado, poner en marcha la fábrica no fue fácil, pero a principios de abril la plantilla volvía a la actividad tras un ERTE de casi un año. Sin apenas mantenimiento en las últimas décadas, las instalaciones parecen ancladas en los ochenta. Carteles, letreros, maquinaria, luces. Todo es de una estética retro más cerca de un taller alfarero que de unas instalaciones industriales. Se descubre al seguir el proceso de fabricación, que se alarga alrededor de cuatro días, requiere tres cocciones en el horno, está determinado por las dos manos de cada artesano y busca un único objetivo: la perfección. Para afinar aún más, la compañía ha contratado a la ingeniera industrial sevillana Carmen Granja, que ha dejado su cómodo puesto en los colchones Flex para cumplir un sueño. “Este es un proyecto de vocación en el que siempre quise estar”, sostiene quien vive un flechazo con su nuevo trabajo. Lo muestra con una sonrisa permanente mientras ejerce de cicerone por los 21.000 metros cuadrados de fábrica. “Lo bueno es que es muy grande. Lo malo es que es muy grande”, apunta el nuevo director de producción, el navarro Sebastián Fernández, aún haciéndose con el gigantesco lugar. A veces parece vacío: hoy apenas trabajan 30 personas desperdigadas aquí y allá. No siempre fue así. “Llevo aquí desde que esto era la Cartuja Pickman de verdad, de cuando éramos 300 trabajadores y tenías siempre gente a tu alrededor”, relata Rosario Llave, de 53 años y conocida en el mundo de la alfarería como Chani. La gaditana lleva casi tres décadas en la empresa y tiene un papel fundamental. Es la matricera, la única que conoce los secretos para crear una matriz, origen de los moldes. “Es como la masa madre de todo lo que ocurre aquí”, dice. Estamos en la gigantesca habitación que ejerce de biblioteca de escayolas: un tesoro que solo ella sabe leer formado por más de un millar de ejemplares, todos originales, guardados en estanterías. Aquí se fabrican 27 modelos de vajillas con 27 elementos diferentes cada una, además de objetos como bomboneras, champaneras, jaboneras, algodoneras o jarrones. En su día también se producían soportes de lámpara, lavabos o incluso vírgenes. Opciones, de momento, descartadas. Todo parece una panadería. Desde la loza —mezcla de arcilla, caolín y feldespato, entre otros materiales— hasta la forma en que se seca tras su paso por los moldes, o su nombre cuando está a medio hacer: bizcocho. Y, como en la industria alimentaria, aunque nada se deja al azar hay también algo de magia. Cada mínima imperfección es eliminada. Lo hace en los primeros estados de trabajo Andrés Vázquez, nacido en Bormujos hace 50 años, 21 de ellos en esta empresa. Para ello se sirve de un “cacho de chapa doblado y afilado” al que denomina, sin más, hierro. Luego, con una esponja, deja los bordes “redonditos”, aclara con fuerte acento sevillano. Es una labor repetitiva que celebra más que nunca. “Cuando vinieron los nuevos propietarios me sorprendí mucho. Era la primera vez que escuchaba a un empresario decir que quería ampliar la plantilla. Y he visto ya pasar por aquí a cinco”, advierte. Asegura que el aire fresco le sentará muy bien a la firma. “Es que esta fábrica no se entiende sin Sevilla”, afirma. Ni Sevilla sin esta vajilla.Tras un proceso de secado, las piezas viajan al horno, donde pasan 24 horas a una temperatura que supera los 1.100 grados. Es una instalación enorme, donde caben hasta 3.500 a la vez. Luego, algunas pasan por el laboratorio de calidad. Y todas son revisadas por Lola Benítez, de 50 años, nacida en la capital. Su trabajo es exhaustivo. Comprueba la estabilidad, la ausencia de imperfecciones. Y elimina desperfectos si los hay. Utiliza una piedra que lija, un aspirador que se lleva el polvo y una tinta que imprime con ojos de maestra para otorgar su certificado. Entonces entra en acción su hermana Cristina, de 39 años —aquí desde los 20— para aplicar un líquido rosa que sale de una centrifugadora con la misión de tapar los poros de la loza. Unos metros más allá —bastantes, aquí todo está lejos— Virginia González, 35 años, de Dos Hermanas, suspira antes de explicar su trabajo. Lo intenta de manera técnica y acaba por hacerlo sencillo. “Es como poner calcamonías”, sintetiza. Esa es, literalmente, su labor. Los estampados de cada plato, taza, fuente se aplican como vinilos a un vidrio. Es una tarea delicada. Todo deber ir en su sitio porque, tras un segundo horneado de siete horas, los diseños quedan impresos en la loza para siempre. Después un vecino de Pino Montano, Juan Martínez, de 44 años, la mitad en este trabajo —donde siguió los pasos de su madre, 33 años de oficina— imprime el barniz. Finalmente, el más joven de la plantilla, Sergio Contreras, de 23, llena tres vagonetas con las vajillas, las empuja con fuerza y precisión por unas vías similares a las del tren para que vuelvan a recibir calor. El último trayecto es hacia el almacén, con una pequeña parada en el laboratorio para someter a parte de la colección a un lavado de alta presión y comprobar que no salen grietas.La primera hornada bajo el mandato de los nuevos propietarios se hizo a primeros de mayo. Es la que ICON pudo conocer y está centrada en los diseños más característicos de la firma: las vajillas de color rosa, negro y azul Ceilán, las tres más vendidas en su historia y ampliamente reconocibles por sus paisajes suaves y motivos florales. Son parte de los 15 modelos que se van a fabricar de inicio. “Ya iremos incorporando el resto de productos”, cuenta la directora general ya en la zona de administración y bajo un lienzo del fundador de la compañía. En el almacén, Carmen Granja repasa los modelos más clásicos —denominados Aurora, Ochavada e Imperio— pero muestra también ejemplos de piezas lisas, con elementos repetitivos como una flor de lis o las coloridas flores de la llamada Bellavista. Sorprende ver uno de aspecto moderno y cromatismo tropical. Se llama Geórgica, está inspirado en los Kennedy y fue diseñado por la ilustradora Carmen García Huerta dentro de una serie de colaboraciones impulsadas poco antes de la pandemia, que incluyó nombres como los de Yukiko Kitahara, Ana Jarén, Isaac Piñeiro o el estudio de Aaron Stewart y Fernando Rodríguez. “Queremos seguir combinando la tradición y los diseños icónicos con la innovación”, concluye Targhetta, que para finales de 2027 prevé multiplicar por cuatro la producción y mantener cuatro canales de ventas: grandes almacenes, pequeño comercio propio o ajeno, hoteles y restaurantes y venta online. “Está todo por hacer”, añade Gabriela Luksic con la misma ilusión que, posiblemente, Charles Pickman puso en esta legendaria fábrica al abrir sus puertas hace casi 200 años.
Tragedia y renacer de las vajillas de La Cartuja: “Es la primera vez que oía a un empresario decir que quería ampliar la plantilla”
Asistimos a la primera hornada de la nueva vida de esta institución sevillana que produce los platos y tazas más deseadas de España desde hace generaciones






