La Cartuja dice adiós después de más de dos siglos de historia. Era más que una fábrica, era la memoria de una ciudad que entendía el valor del tiempo y del trabajo bien hecho. El recuerdo quedará en las casas, en los platos heredados de las abuelas y en los armarios donde aún duerme la loza que en algún momento fue testigo de tantas sobremesas
“Quien no tuvo una vajilla de La Cartuja tuvo, al menos, una vecina que la enseñaba con orgullo”, se dice. En casi todas las casas hubo alguna vez una vajilla de La Cartuja. En unas estaba completa, con uso acotado a los domingos y fiestas de guardar; el resto del año dormía envuelta en papel de estraza dentro del aparador. En otras quedaban solo piezas sueltas: un plato hondo, una fuente mellada, una taza... En los pueblos, la cubertería de plata y la loza buena ni siquiera se usa...
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ba, solo se enseñaba. Atesorar una pieza de La Cartuja de Sevilla era símbolo de estatus.
Sin embargo, quienes no tienen ya una de sus piezas han perdido su oportunidad o están a punto de hacerlo. La fábrica con casi dos siglos de historia —y una treintena de trabajadores— ha anunciado la paralización de su producción. “Les informamos de que, por razones técnicas, nos hemos visto abocados a parar la producción y detener la comercialización durante un plazo no determinado”, dice un escueto comunicado en su página web. Según adelantaba el pasado 9 de octubre el Diario de Sevilla, se debe a una situación financiera insostenible. “Pese a los intentos de la dirección por negociar aplazamientos y ofrecer garantías hipotecarias, los acreedores exigieron pagos inmediatos que la empresa no pudo afrontar, asfixiada tras más de cinco años en concurso de acreedores”, explicaba el medio local. Réquiem por La Cartuja.






