Actualizado a las 01:47h.
Hace ya casi ocho años que me vine a vivir a Málaga, huyendo de los inviernos parisinos como quien huye de sí mismo, solo para descubrir que odio el verano. Lo odio con cada poro oleaginoso de mi piel. Cada año me digo que ... el próximo agosto me marcharé a Asturias. O que voy a reunir dinero para instalar en casa un aire acondicionado y poder cubrir la factura de la electricidad para estar dos meses de estivación, encerrado en mi apartamento. Pero siempre llega el mes de julio y no he preparado nada. El año pasado intenté asumirlo con resignación y entregarme al sufrimiento. Aceptar el pegoste, el aturdimiento de la luz y el vapor en las calles, como una Pasión solar. No sirvió de mucho. La imitación de Cristo no es un juego y está reservada para la enfermedad, la muerte y los momentos graves de la vida. Y el verano no es ninguna de estas cosas. Pero, ¿qué es?
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