0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEn Caldes de Malavella, en un célebre balneario, reposa estos días un veterano profesor de enseñanza media en Estados Unidos. Vocacional y entusiasta, conversar con él deja, sin embargo, un regusto agridulce. Me habla de institutos con control de metales en la entrada (para confiscar las armas de fuego), de que cada día en su aula cuenta con una media de tres o cuatro alumnos drogados, de los brutales recortes que la administración Trump ha realizado en los centros públicos (tanto de profesorado como de agentes de seguridad), del día en que un alumno le estrelló una silla en la cabeza... Miquel Muñoz / ShootingPor alguna razón, determinados países democráticos han dejado de considerar que la enseñanza pública es un elemento fundamental y sus gobernantes la van degradando sin que ello les castigue electoralmente. Pero abandonar la idea de que todos los ciudadanos deben compartir un patrimonio de conocimientos, referentes y normas de conducta lo más elevados posible –un buen invento del siglo XIX– no solo perjudica a las capas más desfavorecidas de la sociedad (aquellas que no pueden pagarse algo mejor), sino que supone un torpedo a la convivencia y un notable deterioro del conjunto de la sociedad.Habría que dejar a la escuela fuera de las guerras culturalesEE.UU. es un caso extremo, con el nivel medio de lectura de los alumnos que acaban la secundaria diez puntos por debajo del de 1992, o un absentismo escolar que afecta a uno de cada cuatro estudiantes, pero anticipa o confirma problemas también muy visibles en varios países de Europa, como España o Francia. Rebajar los niveles de exigencia no se ha revelado como una fórmula eficaz. No se trata de inventar revolucionarios sistemas sino de fijarnos en cómo lo hacen los países con buenos resultados, desde Finlandia, Estonia y Japón a Canadá, Irlanda o los Países Bajos. Caer por el abismo de la estulticia colectiva no es algo inevitable, y tenemos buenos ejemplos que seguir.Para conseguirlo, habría que dejar a la escuela fuera de las guerras culturales. Mejorar la calidad de la enseñanza pública no debería ser una bandera ideológica (muchas veces, además, incumplida) de algunos partidos sino algo común a cualquier formación que aspire a ocupar el poder, del mismo modo que se demanda a un gobierno, sea del signo que sea, que gestione bien la economía, la policía, el transporte o la sanidad.Cuando el profesor americano habla de cómo algunos de sus antiguos alumnos han salido adelante, le brillan los ojos. Esperamos que el circuito de aguas del balneario de La Selva le dé las fuerzas para no abandonar.Redactor jefe de Cultura. Autor de libros como 'Aquellos años del boom' o 'Planeta Nobel'. Autor de varios documentales de temas literarios
Un viejo profesor, por Xavi Ayén
En Caldes de Malavella, en un célebre balneario, reposa estos días un veterano profesor de enseñanza media en Estados Unidos. Vocacional y entusiasta, conversar con él deja, sin embargo, un regusto agridulce. Me habla de institutos con control de metales en la entrada (para...







