Una mesita de mármol

Cada frase de Vicent es relámpago, sugestión y cuento. Hablamos de tierras de Castellón y me emociona: me relata cómo llegó hace medio siglo a la plaza de Forcall –pueblo del que salió mi abuelo Amela en 1914–, pisó el bar de Gilo –ya no existe– y se prendó de una mesita redonda de mármol con pata de hierro colado. Las recuerdo, mis padres tomaron ahí aperitivos estivales. “Le doy mil pesetas por la mesita”, ofreció Vicent al cantinero. El único parroquiano levantó la mirada: “¡Dinero es!”, sentenció. Quizás era mi tío Braulio, labrador que cada tarde allí jugaba al guiñote. “Conservo la mesita en casa –concluye Vicent–, la veo cada día”. Le pido, en homenaje al viejo pueblo de mis mayores, que cuide de esa mesita redonda de mármol y pata de hierro colado, pedacito de memoria de Forcall.

¿Qué hará esta tarde?

Llorar.

Leo, medio desnudo en el sofá, oyendo jazz y canciones bonitas. Y lloro con lágrimas del cerebro.