Mi abuela sólo enfermó para morirse. El resto de sus 110 años nada la doblegó. Con ella compartí una vida que sucedió desde principios del siglo pasado. Aunque ocurrió todo dos generaciones antes de que yo existiera. Al escuchar sus aventuras biográficas yo me convertía en el personaje de Noches Blancas de Dostoievski. Ese hombre cuya vida era tan rigurosamente imaginaria, que celebraba el aniversario de los eventos que le habían sucedido en sus propias fantasías. Así me invadían a mí los años viejos de mi abuela. Todo era tan mío. Yo había estado ahí, yo participaba en las escenas. No podía contener la traza de su memoria en la mía. Ella lo contaba todo, y los sucesos aparecían en mi recuerdo. Ahí, sin más. Como si hubieran permanecido floridos, quietos desde hace un siglo. Las tres hermanas estudiaron internas en un colegio de Murillo, pero la casa familiar quedaba en el Líbano. Su papá iba a buscarlas a caballo y ellas volvían cabalgando cada una su propia bestia. Eran las únicas mujeres del pueblo que montaban vestidas de pantalón y a horcajadas como los hombres. Un pecado, una afrenta al pudor. Pero eran tan buenas jinetes -pensaba en mi mente de niña- que por eso el cura del pueblo, listo para cumplir su promesa de excomulgarlas, no se atrevió. Mientras llovía el veneno del odio partidista en los pueblos del país, mientras servía de sal en las mesas de las familias, mi abuela se hacía mujer. Y como la vida dispara en vaivén, se enamoró de un hombre de la tendencia política contraria a la de su padre. Un hombre que, además, ejercía visible y activamente su filiación en cargos públicos locales. Se casaron. Mi abuela, rompió el ritmo de la costumbre y la sanción familiar no se hizo esperar. Una mujer no podía desafiar así el orden impuesto, oía decir. Eran desvaríos femeninos. La libertad incomodaba y tenía un correlato en las lógicas de la soberanía patriarcal. Incomodar la tradición equivalía a la horca lenta del desprecio. Su propósito de gobernar su propia vida le dejaría ver la callosidad casposa de la autoridad paterna. Que cerniría la abundancia, separaría el bienestar material de su felicidad. Tuvo seis partos, aunque una bebé no logró vivir mucho. Aún estaba embarazada de la que sería su última hija, cuando mi abuelo murió. Como un polvo de café instantáneo, de esos que opacan y amargan la leche, su duelo se contaminó con los ácaros del pensamiento de la época. Mientras trazaba la ruta para escapar del tiempo yermo que se precipitaba sobre el futuro de sus niños, resistió a la presión de los parientes de su difundo marido: la conminaban a entregar a cada hijo a una familia distinta. Según las lógicas radicalmente sexistas de la época, una mujer desheredada y viuda no iba a ser capaz de velar por cinco críos sola. La imagino ya sin una onza de fuerza, sacando el brío de las entrañas. Dueña de su destino, se fue con su bebita recién nacida y sus otras dos niñas pequeñas. En un camioncito con un trasteo tan insignificante que le habría cabido en el escote. Rumbo a Bogotá. Las esperaban su único hijo varón y su hija mayor. Ambos adolescentes se había adelantado a esa ciudad grande, helada y en la que no tenían a nadie. Mi abuela y todos sus hijos se encontraron en un apartamentito rudimentario en el centro de la ciudad. Un ave fénix y sus polluelos, listos para renacer de las cenizas.Yo soy hija de ese matriarcado. De la fuerza de una mujer autónoma, inquebrantable. Desde luego, mi abuela no estaba libre de todo prejuicio, o blindada al error humano. Pero fue autora de su propia crónica. Fue una mujer que vivió los renglones inenarrables de la historia de este país. Es una ley universal. Que la historia mayúscula de las naciones sea un ensamble de historias vividas a escala personal. Historias de mujeres como mi abuela, que nos enseñó lo que significa eso. Eso de ser mujer. Eso de ser historia mínima. Eso de hacer la diferencia.Ella fue una guerrera de la vida. Fue una feminista sin etiqueta. Su biografía es la prueba de que el feminismo no es un slogan de camiseta. No es un pasquín. No es una fórmula. No es una moda. No te embellece, ni te afea. No. Tampoco es un poema o una declaración de intenciones. No es una rama de espinas, no es un flagelo contra nadie. No es una mirada evasiva. No es una reliquia o un monumento de vencedores. No es un reclamo perdido. No es una religión, una logia. No es una inhabilidad, no es un efecto colateral. Es una forma de vida. Una práctica constante. Un lugar desde el que se entiende la existencia. Una opción por el equilibrio. Por la libertad de todos. Una estrategia irrenunciable de cuidado general. Una ruta definitiva que, sin embargo, cambia los rumbos según la humanidad va deslizándose por el corto plazo, por la mezquindad, la culpa, la manipulación, la avaricia o la violencia. Una ruta de dignidad. Como la que marcó para tres generaciones -por ahora- 110 años de vida de Araminta Luque, viuda de Garcés. Como se hizo llamar mi abuela hasta el último de sus días.