La memoria de las mujeres no puede construirse sobre la desmemoria o sobre cambios simplemente nominalistas

Imaginemos que no hubiera existido. Nadie es imprescindible, al fin y al cabo. Su fecha de nacimiento (13 de marzo de 1869) no aparecería anotada en ninguna enciclopedia en relación con la lengua, la historia de la cultura hispánica o la literatura. No tendríamos su fotografía junto a un halcón en aquel rodaje de El Cid, entre Charlton Heston y Félix Rodríguez de la Fuente; no lo veríamos mirando sorprendido al ave de cetrería que parecía gobernarlo todo. Tal vez no se hubiera filmado siquiera esa película, qué más da, otras producciones historicistas ocuparían su lugar. Numerosos poetas y escritores se habrían acercado al Poema de mio Cid, quizá honrándolo con reverencia o exaltando a su protagonista como ese barbudo conveniente que todo país acaba buscando en su pasado para justificarse. El Romancero se habría dejado de cantar en las plazas de España y América por el cambio en las formas de entretenimiento. España seguiría teniendo universidades e investigadores, como los tenía antes de su nacimiento, y se impartirían clases de Literatura y de Historia en aulas de secundaria. De una forma u otra, habríamos llegado al lugar que habitamos hoy, aunque no podemos saberlo.