El santuario Yasukuni en Tokio era, hasta hace poco, una visita que solo se recomendaba a los turistas interesados en la historia reciente de Japón, a los amantes de la arquitectura religiosa o a los aficionados a las armas. Los visitantes más enterados sabían que cada 15 de agosto, cuando se conmemora la rendición nipona en la Segunda Guerra Mundial, la prensa local estaba pendiente de qué tipo de homenaje rendiría el primer ministro de turno en un recinto donde se honra a los soldados caídos en combate, y que empezó a ser polémico en 1978. Ese año se inscribieron en secreto los nombres de 14 condenados como criminales de Clase A por el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, conocido como Tribunal de Tokio, por su papel en “la planificación, preparación, iniciación o desarrollo de una guerra de agresión”. Desde entonces, la presencia del jefe del Ejecutivo en Yasukuni es condenada como glorificación militarista por los países asiáticos que sufrieron la colonización japonesa en la primera mitad del siglo XX, y agosto se convirtió en un mes de tensiones diplomáticas.Hoy, conocer el templo de Yasukuni y su museo de la guerra es indispensable para entender mejor una potencia tecnológica que reivindica su propia versión de la historia, elige una deriva nacionalista y se rearma.Para turistas extranjeros como Oriol Borrell, un ingeniero catalán de 47 años que visita Yasukuni con su familia a comienzos de agosto, la idea de venir a este museo surgió de la lectura de una guía de Japón firmada por el periodista y escritor Xavier Moret. Tras mencionar los dos templos obligados de toda visita a Tokio —el muy colorido y casi barroco Senso-ji de Asakusa y el minimalista de Meiji Jingu—, Moret recomienda la inmersión en la simbología nacionalista de Yasukuni. Para Moret, el museo de Yasukuni “desprende una visión sesgada de los conflictos bélicos y cierta nostalgia del imperialismo que llevó Japón a unas cuantas guerras entre los años 1867 y 1945”.Cuando lo leyó en el avión, Borrell se interesó en conocer hasta dónde llegaba aquel sesgo. “Tenía curiosidad por conocer la versión japonesa de la historia”, cuenta el ingeniero, y elogia lo completo de una exposición que incluye muestras reales de tecnología bélica nipona del siglo pasado, como aviones de combate Zero, tanques y torpedos Kaiten conducidos por pilotos suicidas. “Además, a mi hijo le gustan las historias de guerra”, dice, y señala a su niño que, vestido con una camiseta del Barça, mira junto a su madre y su hermana los artículos en la tienda del museo: gorras militares, modelos de bombarderos para armar y versiones en todos los tamaños de la bandera del sol naciente con 16 rayos, un emblema militar equiparado en algunos países de Asia a la esvástica nazi.Yasukuni quiere decir “el país pacificado”El templo original fue fundado por el emperador Meiji en 1869 como acto de comunión entre los súbditos que dieron su vida por el emperador y la nación. Está situado al noroeste del Palacio Imperial y, si se entra por el acceso principal, desde el este, lo primero que se ve es un arco sintoísta de 25 metros de altura. Aunque la arquitectura sintoísta se inclina por el minimalismo y la discreción, la escala monumental de Yasukuni —cuyo nombre quiere decir “el país pacificado”— obedece a la carga política de su simbolismo. El torii está construido en acero y tiene más de 30 metros de ancho. Con un poco de atención, se puede distinguir a los locales: los japoneses evitan siempre entrar por el centro, y antes de atravesarlo saludan con una inclinación y juntan las manos en gesto de plegaria.En la ruta hacia el segundo torii, sobre una columna de 12 metros, se erige la estatua de Masujiro Omura (1824-1869), considerado “el padre del ejército moderno japonés”. Caminando en línea recta se atraviesa ese segundo torii, de bronce y de unos 15 metros de altura.El umbral final antes del templo es un portal de madera adornado con crisantemos dorados de 16 pétalos, el emblema de la dinastía reinante más antigua del mundo.Yasukuni rinde homenaje a los muertos de, al menos, ocho guerras, pero no es un cementerio. En diferentes carteles y folletos que se reparten dentro del recinto se explica que aquí “están consagradas más de 2.466.000 divinidades o almas de las numerosas personas que hicieron el sacrificio supremo por su nación desde 1853”.La base animista del sintoísmo, la religión autóctona del país, se ilustra con la estatua ecuestre del jardín situado a la derecha del templo. “No hay animal con un corazón más noble que el caballo”, dice la placa del monumento dedicado al millón de equinos muertos en los conflictos. A su lado, se veneran esculturas de otros animales que perecieron mientras servían de apoyo táctico y logístico, como un perro pastor alemán y varias palomas mensajeras.El sesgo patriótico al que hace referencia Moret en su guía se inicia en la primera sala del museo con un mapa titulado Las potencias occidentales invaden Asia, decorado con las banderas de España sobre Filipinas, de los Países Bajos sobre Indonesia y del Reino Unido sobre la India, Malasia y Birmania. A partir de allí se desarrolla el argumento de que la posterior expansión japonesa fue una reacción a la colonización occidental, y que la invasión nipona de Manchuria, China o el sudeste asiático fue defensiva o liberadora.Dentro del museo no es raro ver estudiosos de campos distintos a la historia haciendo bocetos, ya que fotografiar está prohibido en la mayor parte de las salas. Los especialistas de moda, por ejemplo, pueden confirmar en los maniquíes expuestos cómo la política europea determinó la evolución de la indumentaria militar nipona. El uniforme de inspiración francesa del ejército imperial, mostrado en la película El último samurái (2003), cambia al de estilo alemán tras la victoria de Prusia sobre Francia en la guerra franco-prusiana (1870-1871). Para los aficionados al diseño, la heráldica nipona expuesta en Yasukuni muestra la capacidad de los dibujantes japoneses para sintetizar flores, insectos o paisajes en emblemas de gran impacto visual.Algunos estudiantes vienen a Yasukuni para hacer tareas de investigación libre de medio año, como Yoshino Inamori, alumna de instituto de 16 años que visita el museo en compañía de su madre. Lo que más le ha impactado, cuenta, han sido los paneles con cientos de fotos de muertos en combate con su nombre y, en algunos casos, con mensajes de despedida. Explica que no le interesan las guerras, pero considera necesario “saber más sobre el pasado” de su país, “aunque no sea hermoso”. Esa será la conclusión de sus deberes del verano.