Lucía Martínez Odriozola, maestra de periodistas feministas, trató de tranquilizarme en una ocasión con una frase que no olvidaré nunca: "Tú cuenta lo que has visto, que ya vendrán los historiadores a decir lo que ha pasado", me dijo. Citaba a alguien, pero no recuerdo exactamente a quién. Por desgracia, no puedo volver a preguntárselo. Me he acordado de esta frase miles de veces y siempre he encontrado calma en esas palabras.PublicidadEl papel de las y los periodistas es imprescindible para entender el mundo que nos rodea y lo es también para entender el pasado. Hacer crónica periodística del pasado es una osadía. Las periodistas bebemos continuamente de investigaciones académicas y, a su vez, la prensa es una fuente imprescindible para la investigación histórica. Vamos unas detrás de otras, supongo. Con todas sus dificultades, la hemeroteca es un lugar imprescindible para la investigación histórica. Si miras, miras, miras y miras, es posible encontrarte con grandes joyas —y con contradicciones, claro— que nos ayudan a entender lo que pasó, pero también a hacernos mejores preguntas sobre lo que creemos saber.El 22 de abril de 1978, Soledad Gallego-Díaz y Mariló Vigil publicaron en Cuadernos para el Diálogo un reportaje titulado De la violencia física, a la represión psíquica. Visitaron dos cárceles de Barcelona: la Modelo, de hombres, y la Trinidad, de mujeres. Si esto fuera un examen de selectividad, diríamos que el tema del texto son las distintas formas que adopta la violencia penitenciaria en las cárceles de hombres y de mujeres. Ellas mismas lo explican desde el principio: en la Trinidad, "una violencia distante, desapegada, sutil, psicológicamente implacable". En la Modelo se respiraba "una violencia física, brutal y primaria", pero también había presos organizados. Allí estaba la COPEL, había portavoces elegidos por sus compañeros; hombres capaces de reconocerse como parte de un colectivo y plantear reivindicaciones en común.Durante años he buscado las resistencias de las mujeres en las cárceles franquistas y de la Transición. Las he encontrado, por supuesto. No he encontrado nada comparable a la COPEL, ni una organización de aquella dimensión, ni grandes motines, ni acciones espectaculares de esas de película. Quizá hubo menos. Pero ¿qué posibilidades tenían aquellas mujeres de organizarse y cuánto sabemos realmente de lo que hicieron?Medio siglo después, reconstruir esa memoria sigue siendo dificilísimo. César Lorenzo Rubio y Carlota Falgueras i Marsal entrevistaron entre 2020 y 2024 a 40 personas vinculadas a la Trinidad. Aunque calculan que las presas políticas representaron en torno al 11 por ciento de todas las mujeres que pasaron por allí, 33 de las personas entrevistadas habían sido presas políticas. De las presas consideradas comunes, que habían sido la inmensa mayoría de las mujeres encarceladas allí, solo consiguieron entrevistar a dos.PublicidadNo es un detalle menor. En Memorias de la Trinitat. Balances personales y colectivos de la prisión de mujeres de Barcelona (1963-1983), publicado en 2025, explican que los testimonios escritos de las presas comunes son "del todo excepcionales" y que, medio siglo después, localizar a alguna y conseguir hablar con ella es "como buscar una aguja en un pajar". No existen asociaciones de expresas comunes y muchas veces solo podemos reconstruir qué les ocurrió a través de lo que otros escribieron sobre ellas: "Los jueces, el director, las Cruzadas, las funcionarias". A veces, también, periodistas.El día que Gallego-Díaz y Vigil pudieron visitar la cárcel estaban presas 43 mujeres. La mayoría, jóvenes. Describieron "largos pasillos y galerías, con todas las paredes pintadas de un blanco intensísimo". No encontraron "celdas ni puertas, sino dormitorios como de internado en algún antiguo colegio". El salón estaba "modernamente decorado" y tenían "televisión, tocadiscos, juegos de mesa, algunos libros, sillones". Dicen, incluso, que todo parecía "sacado de las páginas de decoración de las revistas". Tiene guasa, la verdad.Las condiciones materiales, al menos a primera vista, no se parecían a las que se habían encontrado en la Modelo y, precisamente ahí, está una de las claves del reportaje. Una de las presas se lo preguntó directamente: "¿Os ha parecido todo muy bonito, verdad?". Esa ironía escuece.PublicidadLo que el reportaje encontró en la Trinidad fue una violencia menos visible. Trabajaban muchas horas y cobraban muy poco, sí, pero no era eso lo que ellas mismas señalaban como el principal problema: "Aquí el problema es que estamos muertas y vemos a las mismas cinco personas juntas, sin poder salir de este sitio, de la galería o de nuestra parte, sin cambiar jamás una palabra con ninguna otra, y sabiendo que están a dos pasos de nosotras". "La represión psíquica aquí es brutal", denunciaban. "Nosotras no conocemos este sitio, nunca hemos visto el resto de las dependencias de la cárcel".Para organizarse hay que poder hablar y una de las formas de represión que describían aquellas mujeres consistía precisamente en impedir que unas pudieran relacionarse con otras. El reportaje cuenta también que las presas políticas estaban rigurosamente separadas de las demás y recoge sus denuncias sobre los intentos de las Cruzadas de enfrentar a unas mujeres con otras. La separación llegaba incluso a espacios comunes y religiosos. El propio capellán de la prisión, del que las presas hablaban bien, cuestionaba aquella vigilancia: "Yo ya les he dicho: pero hijas, dejad a las chicas en paz; no se puede violentar la conciencia".No sé si aquellas mujeres resistieron menos. Sí sé que sabemos mucho menos sobre lo que hicieron y que, además, algunas formas de control penitenciario dificultaban algo tan elemental para organizarse como poder hablar unas con otras.En aquella prisión ejercían funciones penitenciarias las Cruzadas Evangélicas. Quería haberles preguntado sobre todo esto en la entrevista que habíamos acordado, pero, en el último momento, me dejaron tirada. Casi cincuenta años antes, Gallego-Díaz y Vigil ya contaron que las Cruzadas trataron de impedir que pudieran hablar libremente con las presas. Ellas hicieron, en 1978, exactamente aquello que Lucía Martínez me recomendó a mí tanto tiempo después: contar lo que habían visto. Casi cincuenta años más tarde, seguimos leyendo lo que dejaron escrito para intentar entender qué pasó. Vamos unas detrás de otras, supongo.
Unas detrás de otras y viceversa
Una de las formas de represión que describían las mujeres presas en el franquismo consistía en impedir que unas pudieran relacionarse con otras






