El verano siempre había sido su estación más temida. Rosa lo sabía desde niña, cuando las vacaciones significaban playas abarrotadas y la obligación de mostrar su cuerpo en traje de baño. Ahora, con cincuenta y ocho años, divorciada, dos hijos que habían volado del nido y una madre delicada en Cullera, el verano se había convertido en una condena que repetía su ciclo con la previsibilidad de un latido.

Una mujer tomando un vino rosado en verano, en su piscina.

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Se miraba en el espejo del dormitorio de su apartamento en Valencia, preparando la bolsa para pasar el fin de semana en la costa. La luz de julio entraba sin piedad por la ventana, revelando cada pliegue, cada sombra que su cuerpo había acumulado con los años. Sus dedos recorrieron la cremallera del neceser, y suspiró. Al fondo, el torso desnudo que el espejo le devolvía le parecía el de una extraña. Una extraña a la que no quería saludar.

Su madre llevaba tres meses con movilidad reducida. Una caída, una fractura de cadera, y luego esa lentitud que asusta en los ancianos. Rosa tenía que reorganizar su vida, sus fines de semana, su paciencia. Su hermana vivía en Barcelona y apenas podía venir, y aunque Rosa se quejaba en voz baja, sabía que era ella quien siempre terminaría cargando con el peso de los padres envejecidos. No es que tuviera otra opción, se decía mientras metía el bañador negro en la bolsa. Las amistades escaseaban a su edad. Las del trabajo, compañeras de la fiscalía, tenían sus propias vidas, sus propios veranos planeados. Y las que había tenido antes, las de la juventud, se habían diluido en el tiempo como la tinta en el agua.