Un adolescente fantástico y cercano ha vivido la espera del eclipse con el íntimo deseo, disfrazado de broma, de que el fenómeno nos convirtiera en superhéroes tipo Marvel. El milagro no se ha dado. Sea porque en la cornisa cantábrica, donde lo observamos, estuvo nublado o porque, según él, para “notar los efectos” hay que esperar a vivir los eclipses de los dos próximos años. Es divertido su apego a la infancia de la que se aleja. Como ha sido emocionante experimentar, incluso nublado, el eclipse que tanto debía sobrecoger, en la Edad Media y la de Piedra.
Sin necesidad de acontecimiento estelar, desde la plena adultez e incluso con la responsabilidad de gobernar, hay quienes, en vez de encarar los retos y problemas pagando gestiones y personal que los resuelvan, deciden gastar nuestros impuestos en rezos. Literal.











