Al salir del refectorio, el padre hospedero, Fray �scar Jaunsaras, a quien la vocaci�n le asalt� de vacaciones en una playa de R�o de Janeiro en 1993, anunci� que la cena del mi�rcoles ser�a temprana: "Adelantamos a las 19.45, por si alguien quiere ver el eclipse". Estamos en el Monasterio de Leyre (Navarra), uno de los territorios benedictinos de mayor vibraci�n. Junto a Silos, es el �nico monasterio de clausura en Espa�a donde la misa y los oficios lit�rgicos se desarrollan en canto gregoriano. En la falda de la Sierra de Leyre levantaron su mamposter�a en el siglo IX y aqu� est� (rotundo y a�reo y sereno) al refugio de las crestas de roca, en lo alto del embalse de Yesa, bajo la escarpadura del prepirineo sobrevolado de rapaces y parapentes.De los 10 hu�spedes alojados, salimos extramuros tres sin gafas homologadas: un jubilado de Bilbao, un sacerdote de Caravaca de la Cruz (Murcia) y yo (de Madrid). De los 20 monjes que habitan la abad�a no asom� ninguno. Los m�s j�venes, Fray Borja, Fray Eduardo, Fray Jos� Jer�nimo, lo quisieron ver (ellos s� con gafas reglamentarias) aunque desde las ventanas de sus celdas. En un monasterio de clausura los eclipses no se prev�n ni importan demasiado. As� que los monjes miraron al sol y los alojados miramos al suelo, miramos al frente, miramos la piedra de la fachada de la iglesa de San Salvador. Nunca al cielo. El silencio es robusto.A las 20.29 una progresiva oscuridad acompa�ada de un aire seco y c�lido cubre al trote la sierra. Parece el arranque de una fiesta saturnal por el nacimiento de una nueva luz. Los p�jaros callan. Los grillos callan. Todo enmudece en el monte. El eclipse se escucha. Incluso se escucha m�s de lo que se ve porque aqu�, a 771 metros sobre el nivel del mar, la vida es otra y es silencio. Silencio y pobreza y obediencia. Y no dejarse llevar. Y estar un poco al margen de lo inmediato, de lo mundano, de lo moderno.No hace falta ser creyente ni profesar la fe para creer en lo que uno ve. En lo que est� ocurriendo entre estos monjes y el sol, entre su abad�a y el cielo, entre la casi noche casi s�bita y la falda tajante de la sierra. La velocidad del mundo aqu� es lentitud, un andar de bueyes, porque invocar es oficio lento. La primera sensaci�n de falta de sol tiene algo de epifan�a. Casi nadie habla. En la puerta de la iglesia del monasterio, orientada al oeste, una mujer repite un mantra: "�Qu� pasada!", "�Qu� pasada!", "�Qu� pasada!"... Y al despedirse dice con una sonrisa larga: "Buenas noches". Otras 11 personas con sus gafas sigue el csamino de la luna. Parece que se detuviera la savia de los �rboles y que dentro de un rato entrase a las bravas el invierno absoluto o fuesen a reventar a lo loco las flores. Qu� m�s da. Desde hace un siglo nadie hab�a experimentado un eclipse total en Espa�a. Tampoco los monjes benedictinos del Monasterio de Leyre, cuya raz�n tiene una sola causa: ora et labora. Esto de hoy es, para los que han abierto la ventana unos minutos, un cuarto de jugar, un parque de atracciones, algo rar�simo. Ellos tienen la biograf�a reglada. Cada hora de cada d�a saben d�nde estar�n. As� hasta la muerte. As� mientras rezan. Cada Navidad y cada martes de noviembre y cada agosto y cada semana del calendario. Por eso un eclipse aqu� significa hacer por casi un minuto algo distinto, algo que no tendr� consecuencia ni se volver� a repetir.Conocen la Biblia como se conoce una casa y saben que en el Antiguo Testamento hay un vers�culo (Joel 2:31) que advierte: "El sol se convertir� en tinieblas y la luna en sangre antes que venga el d�a grande y espantoso de Jehov�".Al fondo, unos cuantos turistas han ido tomando posiciones en la escalinata de San Salvador con los cuellos estirados y una escala de ruidos de asombro seg�n todo se oscurece. Aun as� no ha llegado hasta Leyre el histerismo de algunos otros lugares de la franja de la pen�nsula donde el eclipse es total, all� donde la gente se ha echado en tromba. En la abad�a el silencio es parte del fen�meno. Son las 20.41 y el eclipse sigue su marcha y los monjes en sus h�bitos sacando las cabezas peladas por las ventanas y nosotros en manga corta. "Alabado sea Dios", dice al aire alguien en el mismo momento en que, ahora s�, la luna ensombrece de verdad el verano. Nadie sigue el encomio.El eclipse funciona de maravilla para atraer visitantes, optimistas, chancleteo. Y deja postales divertidas: por un momento nadie se alarma de que medio pa�s se sit�e voluntariamente cara al sol. En la vida del monasterio las horas pesan inmensamente. Hasta lo de la luna y el sol parece que ocurre m�s despacio a como est� sucediendo. No se trata de un misterio de los que aqu� dan cuerda a la fe (quiz� sea al rev�s), sino de un fen�meno cient�fico que en el �ltimo mes se ha convertido insistentemente en un himno de la alegr�a de vivir. Si el apocalipsis llega con las mismas se�ales, el fin del mundo ser� una pi�ata gigante.A las 20.43 la luna comienza a retirarse. Eso lo dice alguien a lo lejos, alguien con gafas homologadas, porque nosotros seguimos el fen�meno con la mirada floja de los que no pueden fijarla y tirando las c�rneas al suelo. Hemos salido a probar un fen�meno ins�lito de espaldas a lo ins�lito. Es algo rar�simo, pero vivir en un monasterio tambi�n lo es y aqu� est�n los monjes y aqu� seguimos los hu�spedes, cada cual con su rigor, su verdad, su prop�sito, su redenci�n, su fervor y su desconcierto. A mi manera descre�da o atea he desarrollado un inter�s creciente por lo ritual, por lo lit�rgico, por lo inexplicable. La luna, efectivamente, deja en paz al sol.�Hasta dentro de un siglo no se ver� algo igual�, dice otro minutos antes de la retirada. Lo expresa en un tono c�mplice de ramalazo ingenuo, casi en lamento, como pidiendo a los presentes dejar anotada la cita en el calendario del m�vil. Nos veremos un 12 de agosto, como es hoy, pero 100 a�os m�s tarde. La gente vuelve a la realidad y a sus asuntos. D�nde estaremos entonces, amigos, d�nde estaremos. Conviene reconocer que para los monjes vocacionales del Monasterio de Leyre lo del eclipse es poca cosa, una propina celestial, el menor de los efectos especiales que contiene el Evangelio. Porque aqu� la vida no va tanto por el lado de la ciencia como por el de la espiritualidad. Y en esa senda donde lo sobrenatural forma parte de la aventura, un eclipse es el mediopensionismo del misterio.En ning�n momento se escucha una expresi�n fuera de quicio, ni baten palmas como sucede penosamente al final de las puestas de sol en las terrazas m�s exageradas de las islas mediterr�neas. La luz ha vuelto a su hora. La noche se hace sitio. Son las 21.09 y a�n la claridad viene del cielo.El port�n de acceso a la zona de clausura del monasterio tiene una cerradura de dos vueltas. Entramos igual que salimos, en el mismo orden. El rugido bronco de los goznes tampoco ha cambiado en este rato, ni la penumbra fresca del interior, ni el silencio pac�fico sobre el que caen oraciones y canto gregoriano todos los d�as desde hace tantos siglos. Nadie ofrece una explicaci�n del fen�meno, tampoco nadie la exige. Cada cual sigue caminando por el laberinto interior de este edificio recio: del claustro inferior al superior y de ah� acertar con la puerta correcta para acceder a las dos plantas de celdas. Aqu� todas las puertas son iguales.Las campanas convocan la �ltima oraci�n de la jornada, las Completas. Y ma�ana a las 6.00 todo volver� a empezar con los Maitines. Un d�a m�s. Y luego otro. Y despu�s los que vienen. Una expedici�n circular que siempre acaba en el mismo punto: ora et labora.A las 21.30 de hoy (o de dentro de 200 a�os) alguno de los monjes, a bordo de su t�nica talar ce�ida con un c�ngulo de cuero, trancar� hasta ma�ana el port�n del monasterio y todo ser� como siempre, definitivamente igual.
El eclipse no se gana la fe de los monjes
Al salir del refectorio, el padre hospedero, Fray �scar Jaunsaras, a quien la vocaci�n le asalt� de vacaciones en una playa de R�o de Janeiro en 1993, anunci� que la cena del...















