Negociaciones con mi novia mediante, hice un viaje exprés al pueblo para ver el eclipse con mis padres y mi abuela. Viñayo, al norte de León, no es una aldea exactamente muerta: mi madre, por ejemplo, inauguró una modesta biblioteca el año pasado en la que también invita a café a quien se pase. Entre las distintas donaciones ya va por 1.200 libros, abre las tardes de los martes y los jueves y anteayer mismo despachó tres ejemplares: Gonzalo (18 años) se llevó La piel fría; su hermano Martín (15) Cujo, de Stephen King; y Conchi (78) El olvido que seremos. Quiere decirse que en el pueblo hay cierta actividad, sobre todo en verano y en Navidad, pero también es cierto que desde hace un par de años la tienda de ultramarinos ya no vende el periódico (que solo se puede comprar en la gasolinera o leer en El Piñueco, el bar local), y Luciano ya no pasa con su furgoneta repartiendo el pan por las mañanas.El pueblo está cerca de Asturias, pasado el páramo y enclavado en uno de los primeros valles del norte, así que podemos decir que da la bienvenida a la única parte de España en la que será agradable vivir de aquí a 20 años. Venir de un sitio así es mano de santo para creer a pies juntillas en el cambio climático: yo he vivido aquí muchos inviernos dignos de Juego de tronos (daba miedo salir del calor de la cocina hasta para ir al baño), pero ahora no hay verano en que no se repita constantemente eso de que “el agua de la piscina nunca había estado tan caliente”. Imagino que en unas décadas los precios de las casas estarán por las nubes y habrá tortazos por vivir en las comarcas de los alrededores, pero hasta entonces lo cierto es que este rincón de España, como casi todos los que tiene alrededor, no le importa mucho a casi nadie.O al menos era así hasta que se empezó a hablar del eclipse. Un amigo me cuenta que a comienzos de 2025 un matrimonio australiano llamó a una de las casas rurales de la zona. Quería reservar la segunda semana de agosto. “Estupendo”, dijo la dueña, “reservada para dentro de medio año”. “No, no”, le replicaron: “¡La segunda semana de agosto de 2026!”. No tardó mucho en tener todos los cuartos reservados y seguramente haya pasado lo mismo con todos los hoteles, campings, hostales y moteles repartidos por ese sendero curvo que cruza España de Peñíscola a Tineo. El Gobierno central hablaba de 1,5 millones de desplazamientos adicionales solo ayer y el Gobierno de Castilla y León preveía en estos días dos millones de visitantes, algo que, por extraordinario, revela una normalidad vacía: un acontecimiento así puede llenar un espacio sin necesariamente devolverle la vida.Ayer, a la hora señalada, apostados en lo alto de una loma y mirando al cielo estaban mis padres, mi abuela y los vecinos, pero también decenas y decenas de desconocidos. Aplaudieron con fervor a la noche sobrevenida y pude ver alegría en la cara de todos ellos. En la mía, quizá, había también un punto de amargor: sé que desde hoy la España que se agosta y se marchita, la de la inmigración aún incipiente, la de los supermercados Spar construidos sobre una cochera, la España que ha visto cómo las calles de sus pueblos se desangraban y cómo cerraban bares y tiendas al mismo ritmo que cerraban las minas, volverá a ser eclipsada por todo lo demás y volverá a ser lo que durante los últimos años ha sido: un recuerdo. Un brillante trozo del pasado atrapado en una bola de cristal.