Observé el eclipse de Sol del pasado miércoles en un lugar increíble: la cima de La Camperona, en el valle de Sabero, en León. Unas 500 personas decidieron hacer lo mismo que yo, la mayoría de ellas porque habían calculado que ese sería uno de los mejores sitios para observar el fenómeno. Allí había de todo, desde veteranos cazaeclipses llegados de lugares tan remotos como Nueva Zelanda o Japón, a familias que realmente no tenían claro qué iban a observar esa tarde, pero querían pasar juntas un día que se había anunciado histórico. He leído, escrito y visto infinidad de fotografías y vídeos sobre eclipses durante toda mi carrera profesional, y he contemplado varios de ellos parciales. Sin embargo, nada me había preparado para la experiencia de vivir un eclipse total.Entre los veteranos observadores de eclipses, estaba un ciudadano británico que ha visto 13 a lo largo de su vida, desde uno casual en Chile a mediados de los años noventa hasta este, para el que se había desplazado a León. Los va persiguiendo a lo largo del mundo, con una afición y una pasión que, de entrada, me resultó difícil de entender. Insistía en que no hay forma de explicar la diferencia que existe entre un eclipse parcial y otro total a quien no lo ha vivido: es una cuestión de su propia naturaleza, no de grado. “Como vivir un orgasmo al 99% o al 100%”, aseguraba rotundo entre risas.La ciencia lleva décadas sabiendo calcular, con absoluta y brutal precisión, el instante exacto en que la Luna tapa el Sol en los eclipses; también sobre ese punto concreto de una montaña leonesa. No había margen para el error, ni sorpresa posible en el sentido estricto. Y, sin embargo, cuando llegó, fue como si nadie lo hubiera anunciado nunca. Ese es quizá el hallazgo más incómodo y el más hermoso de un eclipse total: que el conocimiento exacto de algo no agota, ni de lejos, la capacidad del cosmos para dejarnos sin palabras.La totalidad se extendió durante un minuto y 48 segundos. Esa cima leonesa fue uno de los lugares de España donde más duró. La luz cambió de una forma que ninguna fotografía puede llegar a transmitir. El calor bajó de golpe. La gente se quitó las gafas, miró al Sol, y llegaron los suspiros, los gritos y las exhalaciones de asombro. Y eso, más que el fenómeno astronómico en sí, es lo que se me ha quedado grabado: el momento en que un grupo de extraños que ha subido una montaña bajo el peso de un calor insoportable, por motivos que van desde la afición a la ciencia hasta la más simple y pura diversión, se asombra exactamente a la vez, aunque sabían perfectamente lo que iba a ocurrir.Vivimos rodeados de pantallas que prometen sorprendernos constantemente y que, en realidad, nos entrenan para que no nos sorprendamos casi nunca. El universo, sin embargo, sigue teniendo reservada esa capacidad intacta, incluso cuando lo hemos medido, predicho y cronometrado hasta el milisegundo.Lo que ocurrió el miércoles en España, y sucederá de nuevo el próximo año, no fue ningún misterio; fue, literalmente, todo lo contrario: un fenómeno astronómico perfectamente entendido y entendible. Y, con todo, millones de personas arrobadas aguantaron la respiración mientras miraban al cielo.Estoy segura de que el miércoles nacieron nuevos y apasionados cazaeclipses, y se generaron numerosas vocaciones científicas. No sé si existe una mejor definición de para qué sirve, en el fondo, todo esto que hacemos los que contamos la ciencia y la labor de los científicos: no descubrir lo desconocido, sino recordarnos que seguimos siendo capaces de asombrarnos hasta el embelesamiento ante lo que ya conocemos.