Actualizado a las 01:35h.
Diríamos que vino a afinar el silencio, y no tanto la guitarra, que él hizo mitológica. Un catálogo como éste, que trae cada sábado una gloria nacional, no podía orillar a un difunto vivísimo, y magistral. Aquí está. Se llama Paco de Lucía y ... es acaso nuestro artista mayor, de ahora y de siempre. Tocaba la guitarra como si cada tarde la inventara. De algún modo descubrió un fuego que ya estaba ahí, en décadas previas a su magia, a su don, a su intemperie. Cuando tocaba, España dejaba de parecer un teatro de pandereta fácil y luna de cartón, y se convertía en una música antigua, feroz y limpia, capaz de entenderse con un gitano de Cádiz y con un japonés de Tokio. Gastaba la cara un poco triste de los hombres que han pasado media vida entre hoteles, aeropuertos y aplausos. La melena desmayada, la mirada baja, el gesto serio, de caballo inteligentísimo. Nunca pareció sentirse cómodo dentro de la celebridad. Vivió en el sacerdocio imposible de lograr un sonido que siempre se le escapaba un poco más allá. Y quizá por eso terminó conquistando el mundo. Decía que los flamencos eran artistas de nevera vacía. No era una frase sino una biografía. El hambre había afinado aquella guitarra sideral mucho antes que él. Hubo guitarristas más ortodoxos para los vigilantes del templo y flamencos más puros para quienes viven de poner aduanas al duende.








