Actualizado a las 08:18h.

Resulta que Joaquín Sabina tiene la gloria desde una voz de cenicero lleno, bajo el astro de una inteligencia que reverencia la palabra. Siempre ha cantado después de haber perdido algo importante, aunque nadie supiera exactamente qué. El amor, la juventud, medio hígado ... o simplemente la fe en levantarse antes del mediodía. O acaso todo junto. Ha inventado la derrota con prestigio nocturno, y es Bob Dylan con dúplex en Lavapiés. No gastó lámina de guapo, tampoco carga don de barítono, y nunca tuvo tontuna de estrella. Más bien parecía un profesor expulsado de un casino de provincias a las cuatro y pico de la madrugada. No lo va a superar nadie. Es el atleta primero de lo suyo, que es lo nuestro, desde la poesía de barranco hasta el cabaré de amigos. Hizo una imagen antes de que se la hicieran, con bombín de pícaro, humo de amparo, ojeras lujosas, chaqueta cansada y esa ironía de quien ya ha discutido demasiadas veces con la vida como para tomársela muy en serio.

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