El cantante se despide de las giras con un concierto en Madrid para cantar y escuchar con el corazón encogido
Saluda con el sombrero negro y sonríe mientras suena por los altavoces La canción de los (buenos) borrachos… “que de madrugada vuelven al hogar”. Procede con otra reverencia y se marcha por un lateral del escenario. El concierto ha terminado. El último de Joaquín Sabina y en la ciudad donde vive, Madrid. Alguien dice que ha detectado lágrimas en el rostro del eterno crápula. Difícil visualizarlo desde la grada. Quizá algunos lo aseguran para compartir ese momento de sacudida, ya que ellos sí han tenido que enjugarse los ojos con sus dedos para contener los estragos de la emoción.
Un ictus, una caída dramática desde el mismo escenario de anoche (Movistar Arena), mil juergas y decenas de inmortales canciones después, Joaquín Sabina (Úbeda, 76 años) se despidió anoche “de los escenarios multitudinarios”. Y así lo dijo en el tramo inicial del concierto: “Este concierto en Madrid es el último de mi vida y el más importante porque es el que más recordaré”.
Se guarda el maestro “el as de reaparecer a placer, sea porque las musas me susurren poemas o canciones que merezca la pena compartir, o porque me piquen las ganas de subirme a cualquier entarimado para darme, darnos, un homenaje”. El entrecomillado pertenece al protagonista y lo dijo al anunciar esta serie de conciertos. Lo que parece seguro es que las grandes giras se han acabado, así que lo de anoche pintó mucho como algo parecido a un réquiem, una coda a una carrera soberbia, con sus resbalones, sí, pero quién no cayó en un camino que dura ya cinco décadas. Y tuvo que ser un domingo, ese día de la semana que no le gusta al protagonista, como luego cantó en Contigo (“yo no quiero domingos por la tarde”), pero se celebró en horario nocturno, cuando los ataques de melancolía se hacen más llevaderos.






