El cineasta Fernando León de Aranoa desvela la idea y explica el proceso de grabación de un videoclip concebido para que Joaquín Sabina se despidiese celebrando la vida con sus compañeros de viaje
Se trataba de salir a bailar con él otra vez, la penúltima. Él decía que sería su último videoclip y yo no quería perdérmelo. Así que preparé dos, tres ideas, y nos quedamos con esta, la más sencilla, la más compleja. Recuerdo haberlas compartido antes con
https://elpais.com/eps/2025-03-09/un-ano-con-leiva-en-el-viaje-de-su-vida.html" data-link-track-dtm="">Leiva en un restaurante. Leiva hace que las cosas pasen; el ímpetu que tú le transmitas te lo devuelve multiplicado por diez, sin intereses. Es difícil sustraerse a su entusiasmo sin condiciones, su predisposición a embarcarse en empresas de dudoso éxito le convierte en el cómplice ideal de todos los crímenes. Su implicación fue aquí, otra vez, esencial. Tanta, que se vino conmigo a contarle a Joaquín la idea.
Se trata de sentarse a una barra a tu lado, Joaquín; de escucharte cantar este vals, que tanto tiene de confesión, de última vez, de inventario. Y de que, como en tantas películas, te sinceres con un barman aburrido, de chaleco negro y pajarita, con ganas de irse a casa. ¿Cuándo? A esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar. Como los Nighthawks del cuadro de Hopper; con la misma desesperación con la que Stacy Keach busca al final de Fat City a alguien que le escuche detrás de cualquier barra, conjurando la soledad de los bares.






