Era chequetito y poquita cosa, pero cuando subía al escenario se convertía en un gigante capaz de empequeñecer al más pintado. Se llamaba Pepe Habichuela y con su guitarra combinó vanguardia y tradición hasta llegar a los últimos rincones del flamenco. Para quien no sepa de lo que hablo, que escuche sus trabajos con Dave Holland o con The Bollywood Strings, un par de muestras de lo que Pepe era capaz de hacer llevando el flamenco a los territorios del jazz o de la música hindú sin perder las raíces, sin extraviar el origen ancestral de una música “demasiado bella para ser ignorada”, tal y como decía el productor Mario Pacheco para presentarla al mundo.

Dedicó su primer disco a Mandeli, su abuelo, Habichuela el Viejo, que se ganó el jallipén con la sonanta por el Sacromonte granadino. Mandeli sería el primero de una saga que, con el tiempo y el camino en cuesta, conquistaría el mundo desde la Granada de los sonidos negros; la misma que recorre el Albaicín y que encontró su voz en Morente; y en Pepe Habichuela su mejor compañía. Sé lo que me digo, pues tuve la suerte de frecuentar a Pepe Habichuela, hace años, cuando iba hasta su casa, en Campamento, a un tiro de piedra del Simago donde a veces entraba con Josemi, su hijo, a ver si ya tenían colocadas las casetes de Ketama en el principio de los principios, cuando todavía el mundo se resistía a escuchar a un grupo que mezclaba flamenco con música picada por la sal del Caribe. Llegábamos en el Peugeot de Pepe Luis, su primo, y ahora que voy y recuerdo estás cosas, veo a Pepe Habichuela con la sonrisa a punto y la sonanta siempre entre las manos, buscando nuevos caminos, acordes y falsetas donde nos enseñaba que el arte no consiste en otra cosa que en hacer fácil lo difícil.