Cinco habitaciones es todo lo que se necesita para poner patas arriba las reglas del lujo contemporáneo. Al menos eso piensa Óscar Cubillo, que con una larga carrera en la cadena Westin, incluyendo varios años en el Palace de Madrid y otros tantos en el Westin Valencia, abrió Casa de las Flores, justo para hacer lo contrario de lo que había aprendido en los excels de los grandes hoteles del mundo.Pasada la medianoche llegamos a Casa de las Flores, una casona de 1785 del centro de Villa de Teguise. Las calles, totalmente vacías, tienen nombres tenebrosos: La Sangre, Los Gavilanes, La Cruz… podrían haber sido el escenario de una de las grandes novelas del bum literario de los años sesenta. El silencio es sobrecogedor y nosotros llamamos a una puerta recia de madera que abre casi inmediatamente “la propiedad”.En los hoteles de lujo “la propiedad” es un ente que se invoca ante las causas perdidas. La propiedad, que puede ser una familia heredera de Liechtenstein o un fondo kuwaití, siempre está ausente y en un plano abstracto. En cualquier caso, usted nunca se cruzará con ella, y mucho menos se la encontrará abriendo una puerta a medianoche. Pero aquí está Óscar Cubillo, la mitad de la propiedad. La otra es la artista Gigi de Vidal, a la que veremos la mañana siguiente. Óscar nos sienta a la mesa e inicia el ritual de bienvenida. Un particular check-in que no incluye sacar la tarjeta de crédito o hacer fotocopias del DNI. En su lugar, el anfitrión invita a olvidar todo lo que uno sabe de otros hoteles, da detalles de las habitaciones y convoca para el desayuno, su obra maestra en materia de deconstrucción de clásicos.Desde 2022, año en que abrió este hotel boutique en Lanzarote, una comunidad interesante de viajeros ha coincidido en esta casa. “Todo el que sabe mirar y buscar está conectado”, resume Óscar. Pocos sitios pueden presumir de haber tenido a seis reconocidos arquitectos ocupando todas sus habitaciones durante una semana, o a cinco fotógrafos expertos en interiorismo alojados al mismo tiempo. La gente ha ido llegando aquí por olfato, por el boca a boca o por casualidad. Un editor alemán de guías de viajes recaló en Casa de las Flores durante un viaje de reconocimiento de las islas Canarias. Pidió permiso para entrar porque en su investigación había descubierto algo insólito, un hotel en Lanzarote con cinco estrellas en todos los canales, de Booking a Tripadvisor. “Eso significa que nadie ha puesto nunca menos de cinco estrellas, quiero verlo”, pidió. Aclara Óscar que ahora han bajado a 4,9. Por lo que sea alguien les ha quitado una décima.Cada habitación de Casa de las Flores, que no se llama así por la telenovela mexicana sino porque está en la calle de las Flores, es diferente y su nombre responde a su función en la casa original. Yo voy a la suite El Patio y el fotógrafo a El Gabinete. A la mañana siguiente ocupamos una larga mesa de madera y nos disponemos a probar un contundente desayuno de seis pases en una vajilla pintada a mano por la artista Nuria Blanco. Y a ciegas porque no hay un menú que anuncie los platos. En algún momento preguntaron a los visitantes si preferían tener una carta al uso y todo el mundo eligió no saber. Llega el café, a gusto y a demanda, luego un batido verde, más tarde un bol de yogur con cereales y fruta fresca. Todo hecho al momento. El plato salado es un pan de brioche con salmón y huevo poché y, para cerrar, una versión casera de la clásica tarta Pavlova. Los platos salen de una cocina pequeña y están buenísimos. Es toda la comida que se elabora en el hotel. Un día nos pondrán un Racing de La Graciosa, el bocadillo de pescado que suelen tomar los pescadores cuando van a faenar. Otro, una tortilla individual de verduras frescas. El desayuno se sirve entre las nueve y las diez de la mañana, y no hay dos iguales, el que pase seis días en la casa probará todas las versiones. A esto Óscar y Gigi lo llaman “deconstruir el bufé clásico de un hotel”. Habla Óscar: “En 2007 estaba creando el desayuno del Westin Valencia para la Copa América. Era un espectáculo, teníamos varios chefs haciendo huevos y una estructura clásica de bufé. Recuerdo ver a Ferran Adrià desayunando con dos amigos y pasar por la estación del pan, había decenas de variedades, cogió uno, luego otro, después un tercero… Al final los soltó todos y siguió de largo. Detrás de una cortina yo miraba. Fue muy frustrante. Aprendí que si tenías tres productos de calidad ya nadie iba a querer los otros ocho. Ahora mi algoritmo mental es tener lo justo, pero lo mejor de lo mejor”. En la cocina, una pizarra tras la puerta intenta personalizar al máximo el servicio del día siguiente: “X no se ha comido la piña, no volver a poner” o “Y no ha tocado la leche, servir el café solo”. “Tener cinco habitaciones te permite llamar a todo el mundo por su nombre, huir de la ceremonia del rendez-vous de los hoteles clásicos, “¿y la rentabilidad…? ¡Esto es sobre todo un negocio!”, le espetan sus colegas hoteleros. “Si hubiéramos querido ganar dinero, no hubiéramos montado un hotel tan pequeño, esto tiene que ver con una filosofía del cuidado propio y ajeno. Nos gusta trabajar aquí, yo estaba mucho más estresado en una oficina en Madrid. Cuando lo ves desde esa perspectiva, queda claro que todo no es ganar dinero”, reflexiona Óscar.Los viajeros de Casa de las Flores vuelven una y otra vez. Españoles y franceses en primer término, y luego británicos. “Gente de perfil cultural alto, que no busca turismo de sol y playa, sino un espacio que los seduzca por el interiorismo o por la ubicación porque Teguise es uno de los pueblos más bonitos de España”, resume Gigi de Vidal.Cada detalle de las habitaciones es consecuencia de una larga discusión de la pareja: si debía o no haber tele (la ley obliga a poner una de 32 pulgadas en todos los hoteles emblemáticos de la isla, aunque a ellos les chirríe estéticamente); las sábanas: blancas y de satén de 300 hilos que se planchan a diario pero se cambian al tercer día para cuidar el medio ambiente; si poner o no un escritorio en la habitación, la conclusión fue un no rotundo; o si colocar un minibar. Otra negativa que se resolvió con una especie de sírvase usted que ellos llaman “el bar de la Honestidad”. Está cruzando el patio central, y tiene cervezas frías, vinos y destilados. Los precios están en el ipad de la habitación, un auténtico tesoro que conviene consultar a diario porque guarda el Lanzarote que los anfitriones reservan para su gente. Óscar y Gigi conocen muy bien la isla, y se han dedicado a hablar con todos hasta dibujar un territorio que solo se podrá conocer de su mano. “Es posible que tengamos el hotel mejor valorado de la isla —el más cool de Canarias, según The Times—, pero queremos que la gente salga de aquí y sea feliz”, dice Óscar, que sostiene que “un hotel tiene que ser una embajada de lo que hay fuera”. No está mal para alguien que al dejar una de las grandes cadenas hoteleras globales escribió cien veces sobre un papel: “Nunca volveré a trabajar en un hotel”. En su defensa, diremos que es probable que Casa de las Flores sea mucho más que eso.
Desayuno en seis pases y sábanas de 300 hilos que se planchan a diario: un hotel en Lanzarote quiere reinventar el lujo
Casa de las Flores no deja nada librado al azar, experimenta con las normas y recibe huéspedes que vuelven una y otra vez







