Ocho años habían pasado desde la última película de David Robert Mitchell, renovador absoluto del cine fantástico con sus dos joyas anteriores, It Follows (2014) y Lo que esconde Silver Lake (2018), ambas propuestas llenas de creatividad, ingenio, gusto y crítica. En la primera, una maldición monstruosa de transmisión sexual castigaba a una joven (Maika Monroe) ansiosa por perder la virginidad. En la segunda, un chaval (Andrew Garfield) con mucho tiempo libre para la conspiranoia descubría un submundo paralelo de vagabundos bajo la ciudad de Los Ángeles. Dos películas rodadas con un estilo que ha marcado indefectiblemente el terror posterior -esos zooms de acercamiento lento, esa música electrónica a la vez urbana y extraterrestre-, que retrataron un Estados Unidos a la vez postcrisis, en crisis y precrisis -esos suburbios abandonados de Detroit, esa Los Ángeles en la que conviven el hedonismo espectacular y la miseria- y que preveían dos tendencias juveniles que hoy son muy palpables -el puritanismo sexual y las conspiraciones-. Quizás, por esa gran influencia cultural que ha tenido su anterior trabajo, todo frescura y riesgo dentro de una vocación popular y mayoritaria, El final de Oak Street se siente -lo siento- como una decepción. Por su conservadurismo -tanto formal, como dramático y de fondo- y por la absoluta previsibilidad de una historia que parece más reciclaje que homenaje. El final de Oak Street lleva a pensar en Spielberg, sobre todo, pero también en Bayona y Vigalondo, pero siguiendo una ruta muy estrechamente demarcada y sin cabida para la pirueta inesperada. Hay amor y hay humor -incluso sexo saurio-, pero todo remite a un déja vu parejo al que vive Anne Hathaway, omnipresente en la cartelera este año. Hathaway es la protagonista de esta Oak Street que toma el nombre del suburbio en el que vive su personaje con su familia en un momento indeterminado de unos años ochenta en los que colean aún los setenta, con la fiebre de la carrera espacial y el ideal de familia nuclear clásica que empieza a resquebrajarse. Hathaway es Denise Platt, una ama de casa con una rica vida interior que escribe a escondidas su primera novela y que profesa la importancia de guardar las apariencias. Su marido, Greg (Ewan McGregor), es un hombre alegre e idealista -o que huye de los problemas, según la perspectiva- que ha perdido el trabajo y reparte ahora pizzas a domicilio, para bochorno de Denise. Su matrimonio está en crisis, pero nadie debe saberlo. Ewan McGregor, Christian Convery, Maisy Stella y Anne Hathaway son los Platt. (Warner Bros) Sobre todo sus hijos adolescentes, Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery). Y el resto del barrio, al que Mitchell representa en un principio como esa arcadia vecinal de puesto de limonada, BHs policromas y carreras de sacos. También hay un perro llamado Starbucks, antes de que la franquicia de café pasase de ser un minorista local a una multinacional cuestionada. Una arcadia que se viene abajo cuando, sin mucha más explicación -más allá de unos agujeros de cola de gusano-, el barrio despierta en el Mesozoico. A partir de ahí, la película se convierte en una aventura familiar en la que los Platt -que así se apellidan- deberán dejar a un lado sus diferencias para sobrevivir. Sin embargo, la peripecia que propone el director de Míchigan, que probablemente creció en esta arcadia que él retrata, se limita a exponer a los miembros de la familia a carreras potencialmente mortales por un vecindario en el que nadie ayuda. En su periplo, la muerte y la violencia se intuyen más que en una cinta de Disney, pero menos que en una película no recomendada a menores de dieciocho años. Hay bufé libre de humanos, pero no vemos las vísceras. Como mucho, alguna pierna amputada sin demasiado realismo. La familia que huye unida se mantiene unida. (Warner) Tan sorprendente es ese individualismo vecinal que la película lo enmascara de una manera bastante torpe y fuera de cámara en el último momento, como si fuese una idea reactiva a una posible crítica a la familia protagonista. Y la mayor parte de los personajes tienen poco instinto solidario, pero también de supervivencia, que aunque las malas ideas de los personajes son la base de la aventura, hay un abismo entre la inconsciencia adolescente y la idiotez supina. Hay varios momentos en los que la mano del guionista -el propio Mitchell- se nota tanto como la de J.J. Abrams -el productor principal del film-. Los personajes son, mayoritariamente, demasiado arquetípicos para una película en la que, dinosaurios aparte, el centro de la fotografía es la familia convencional. Más allá de que Parque Jurásico (1993) sea una referencia y de que haya secuencias-homenaje por doquier, donde el director se mostraba osado en sus anteriores películas, aquí es obvio y formulaico, incluso en las decisiones musicales. Y en las pocas propuestas formales que se salen de lo común -como esa lente de enfoque dividido que utiliza en la conversación familiar-, la técnica se hace tan evidente que despista de lo que ocurre en plano. Otro momento de 'El final de Oak Street'. (Warner) Si en It Follows Mitchell hizo de la precariedad virtud gracias a un monstruo que se mimetizaba con los humanos, en El final de Oak Street el exceso de efectos digitales es tal que incluso la mascota familiar se ha diseñado por ordenador. Un truco del cine de criaturas siempre ha sido el de dejar el monstruo final para, como su nombre indica, el final. Hacer que la ansiedad del espectador crezca en paralelo a sus expectativas, algo que funciona magistralmente en la película de acción coreana Hope, que pasó por el Festival de Cannes y que promete ser una de las sensaciones del año. Sin embargo, en Oak Street Mitchell decide enseñar sus cartas jurásicas desde -casi- el principio, y las criaturas se acumulan sin dejar huella, revelando todos sus píxeles. El final de Oak Street no es una mala película. Ni buena. Es una película blanda y recalentada que no responde al inmenso talento de su director, que quizás no ha sido capaz de imponer su personalidad al aparato de unos grandes estudios. Aunque esto es pura especulación malsana, como lo es el "¿qué pasaría si" que mueve el film. El final de Oak Street es, más bien, otro producto de la nostalgia algo estandarizado, que nos remite a un pasado mejor dentro de un futuro, aparentemente peor, porque, ya puestos a especular con crisis, lo terrible es pensar que cualquier pasado -incluso el Mesozoico- fue mejor. Ocho años habían pasado desde la última película de David Robert Mitchell, renovador absoluto del cine fantástico con sus dos joyas anteriores, It Follows (2014) y Lo que esconde Silver Lake (2018), ambas propuestas llenas de creatividad, ingenio, gusto y crítica. En la primera, una maldición monstruosa de transmisión sexual castigaba a una joven (Maika Monroe) ansiosa por perder la virginidad. En la segunda, un chaval (Andrew Garfield) con mucho tiempo libre para la conspiranoia descubría un submundo paralelo de vagabundos bajo la ciudad de Los Ángeles. Dos películas rodadas con un estilo que ha marcado indefectiblemente el terror posterior -esos zooms de acercamiento lento, esa música electrónica a la vez urbana y extraterrestre-, que retrataron un Estados Unidos a la vez postcrisis, en crisis y precrisis -esos suburbios abandonados de Detroit, esa Los Ángeles en la que conviven el hedonismo espectacular y la miseria- y que preveían dos tendencias juveniles que hoy son muy palpables -el puritanismo sexual y las conspiraciones-.