No es de las novelas más celebradas de Stephen King y además tiene un título penoso en castellano (Posesión), pero la resonancia simbólica de The Regulators merece ser destacada en el conjunto de su vasta obra. Publicada en 1996, The Regulators se ambientaba en uno de esos barrios residenciales (los “suburbios”) que invadieron la geografía estadounidense desde los años 50 como metonimia de la prosperidad capitalista posterior a la II Guerra Mundial. Una estampa de ensueño, esplendor nacional alineado con una contagiosa idea de paraíso inocente, que King retorcería de forma malévola al hacerla chocar con otros imaginarios considerados igualmente inocentes.

Este suburbio de Ohio era invadido por múltiples creaciones destructivas salidas del cerebro de un niño, modeladas según sus dibujos favoritos de los sábados por la mañana. La imaginación infantil, a priori tan inofensiva y encantadora como esas hileras de adosados con piscina, devenía monstruosa tras su contacto con la televisión —el electrodoméstico clave de estos escenarios, como bien había dejado ver trágicamente Douglas Sirk en Sólo el cielo lo sabe (1955)— al hacerse corpórea y colisionar con el entramado urbano, obligando a los vecinos a atrincherarse en su hogar huyendo de soldados del espacio y cowboys. Y todo podía leerse como una burla contra los diversos proyectos utópicos del alma norteamericana, las imágenes más positivas en que habría basado su identidad.