EditorialLa necesidad crítica de emprender proyectos no debe confundirse con descuido o discrecionalidad en la adjudicación.
Los rezagos de infraestructura en Guatemala ya eran notorios hace tres lustros, cuando ciertas figuras prominentes del gobierno de turno declaraban —como parte de su retórica populista electorera— que las carreteras y los proyectos portuarios y aeroportuarios eran obras para “ricos”. Luego esas voces se divorciaron, aparentemente, de tales discursos y también reclaman mejoras en infraestructura, aunque sin plantear modelos de nación para generen continuidad en el desarrollo de obras de gran alcance.
Lo más abyecto es que en sucesivos períodos la obra pública nacional se vio sujeta a las férulas oxidadas de las coimas, de las subcontrataciones, de la mediocridad técnica y hasta de la supervisión a compadre hablado. Fue ese amasijo de voracidades retorcidas lo que paralizó proyectos desde los planos, los amarró a conveniencias de financistas inescrupulosos y los dejó a medias, como la carretera de la Costa Sur, del escándalo Odebrecht. La historia de rezagos trae una larga cola de nombres de delfines voraces, allegados sinvergüenzas y politiquerías prepago. Para colmo de males, la adjudicación de proyectos en este gobierno sigue en cámara lenta.








