Unas 5.500 personas conviven en estos días de agosto en el Sangulí Camping & Resort. El nombre suena moderno pero el establecimiento, fundado en 1972, está entre los pioneros de la costa de Tarragona. La fidelidad es un atributo compartido entre muchos de los clientes, que repiten cada verano. Entre los más leales, los maños, porque los aragoneses, especialmente los de Zaragoza, hace décadas que convirtieron los arenales de la Costa Daurada en la playa que no tienen. Y Salou es con diferencia el epicentro de la tradicional invasión baturra.Una gran bandera del Real Zaragoza está izada en una de las parcelas del Sangulí. Una amplia mesa de jardín preside el puesto, enfrente de una caravana. Alrededor de la mesa, cómodamente sentados y con ganas de tertulia, una parte de la familia Loren Molina, tres generaciones de campistas fieles desde hace 41 años al mismo camping, desde hace 11 años en la misma parcela.“Venimos dese hace 41 años, cada verano es como volver a casa, no lo cambiaríamos por un apartamento”Rosario Molina Agud, de 73 años, la matriarca de la familia, recuerda con emoción que la pasión por el camping y por Salou empezó con su marido, Armando Loren, que falleció hará en octubre 11 años. “La última vez que vino fue en esta misma parcela”, recuerda Mario Lasierra, de 51 años, el yerno. Y Rosario se emociona.Lee tambiénCuando Mario conoció a su actual esposa, Almudena, y eran solo novios, la familia Loren Molina ya pasaba los veranos en el Sangulí. Ni se discutió que la tradición se mantendría inalterable. Almudena, con una pierna en cabestrillo pero sin perder el buen humor, desvela que a su marido Mario lo de ir de camping no le gusta nada. Tampoco la playa, que cambia por la piscina. Mario se ha ido adaptando a la tradición familiar y hace tiempo que renunció a intentar convencerles para cambiar por un apartamento el Sangulí, casi una religión para los Loren Molina. Mario cuenta que incluso buscó un apartamento en la misma zona, cerca del camping, y que lo tenía todo a punto para cerrar la compra y hacer el cambio. Fracasó.“El camping no se cambia, para nosotros es casa, es volver a casa”, mantiene Rosario. Alrededor de la mesa, Mario Lasierra hijo, de 17 años, y su hermana Mireia, de 21. También ellos son unos devotos del Sangulí y cuentan que el día que tengan hijos tienen la idea de traerles al mismo camping. Será la cuarta generación.Lee tambiénEn pocos días la mesa se quedará pequeña, cuando se reunan todos los Loren Molina. El hijo mayor, Armando, desembarca cada agosto con su mujer, Maite, y sus hijos, Armando y Noe. Tienen su propia parcela.Rosario se emociona recordando la devoción de Armando por los veranos en el camping de Salou y su pasión por el café de bar. “Su ilusión era tener un bar, por eso lo montamos en Zaragoza”.La fidelidad de la clientela hace que muchos de los campistas se conozcan y se saluden como si fueran vecinos sentados frente a su casa, en la calle de este pueblo de parcelas, caravanas y bungalows. “Hola, buenas... ¿he visto que os vendéis la lavadora¿”, pregunta otro campista, también maño. La operación de compraventa se cierra en un par de minutos, billetes en mano. “Ahora llevamos la ropa a la lavandería, es más cómodo”, cuenta Rosario.El arraigo que siente por Salou esta familia encantadora de Zaragoza es un sentimiento compartido por una comunidad, muy amplia, que repite cada verano. Su primer verano fue en agosto de 1985. “Yo no sabía ni lo que era un camping”, dice Rosario. Sus hijos tenían ocho y diez años.La nostalgia toma la tertulia y emergen anécdotas, como los concursos ya desaparecidos de missy míster Sangulí. Mireia y Mario júnior explican que vinieron con pocos meses. “Son nacidos en el camping”, bromean. Mireia enseña un tatuaje con la mascota del Sangulí. “Me voy a echar un novio que quiera venir”, ríe. Es casa.
Salou, el eterno campo y playa de los maños
Para los aragoneses, sobre todo los de Zaragoza, la Costa Daurada, especialmente Salou, es desde hace medio siglo la playa que no tienen







