Para el resto del mundo, Ceuta parece importar más por la cantidad de relatos que es capaz de producir que por las personas que han cruzado su frontera o muerto en el intento. Para quienes viven allí, una entrada masiva supone una alteración dramática de su cotidianidad, pero, desde el punto de vista migratorio, Ceuta y Melilla apenas alteran los flujos hacia la Península. Son enclaves pequeños, físicamente aislados, de los que resulta difícil salir. Sin embargo, las imágenes de miles de personas atravesando su frontera poseen una potencia simbólica extraordinaria.Publicidad La economía de la atención domina el ecosistema mediático. La tensión genera audiencia y genera clics. La audiencia y los clics generan ingresos, pero también influencia y capital político en un marco perverso que premia aquello que provoca indignación, miedo o sorpresa. Una frontera bajo presión reúne estas tres condiciones. La frontera ya no es solo un límite territorial. Es también un plató audiovisual y un escenario privilegiado para la batalla cultural. Y ahí reside la singularidad de Ceuta. No porque allí se decida el futuro de Europa, sino porque allí se fabrican las imágenes con las que muchos pretenden decidirlo.Algoritmos en el Estrecho ¿Quién organizó esto? La pregunta parece inevitable. Pero, quizás, antes que preguntarnos quién, convendría que nos preguntásemos cómo tantas personas pueden organizarse de esta manera, sin una aparente estructura vertical impartiendo órdenes. La Primavera Árabe y las movilizaciones masivas surgidas después en espacios digitales mostraron la capacidad de las redes para transformar impulsos dispersos en comportamientos colectivos; en cierto modo, instauraron un método. Esta lógica de comunicación horizontal, o "autocomunicación de masas", como la denominó Manuel Castells, en la que pequeños grupos e individuos producen y difunden mensajes al margen de los canales tradicionales, ha sido estudiada hasta la saciedad.Publicidad El fenómeno se hizo particularmente visible a partir de la segunda década del siglo en distintos países, incluido Marruecos, que ya ha conocido formas similares de movilización en red: desde las protestas del Movimiento 20 de febrero en 2011 hasta las convocatorias virales para cruzar el Tarajal en 2024, pasando por el Hirak de Alhucemas en 2016 o el de Jerada en 2017. Las redes permiten que determinados mensajes circulen horizontalmente y hacen visible que otros ya actúan. Algunos necesitan pocos estímulos para movilizarse y otros solo lo hacen cuando perciben que muchos ya lo han hecho. Se produce entonces un efecto cascada: existen iniciadores, pero nadie controla la dimensión final del movimiento. Lo ocurrido en Ceuta parece ajustarse a este esquema. Las redes habilitan a miles de jóvenes para intercambiar información, rumores y vídeos relacionados con la frontera. Bajo una misma movilización conviven motivaciones distintas: quienes reivindican la soberanía marroquí de la ciudad, quienes buscan un futuro mejor, quienes protestan contra la monarquía alauí y quienes ni siquiera saben explicar por qué cruzan. Muchos tampoco tenían un plan. La mayoría no ha solicitado asilo ni seguido los itinerarios de otros migrantes como los subsaharianos o los menores de edad.Publicidad Pero estas multitudes incorporan nuevos agentes. Entre los individuos operan algoritmos, bots y sistemas automáticos de amplificación. Es lo que Antoinette Rouvroy llamó "gubernamentalidad algorítmica": sistemas que no se limitan a transmitir información, sino que orientan comportamientos seleccionando y jerarquizando aquello que vemos. Alguien publica, otros comparten, el algoritmo amplifica, los autómatas replican y los humanos reaccionan. Que una movilización parta de la horizontalidad no significa que sea inmune a la influencia. Puede ser estimulada o aprovechada sin que nadie controle el conjunto. La horizontalidad de la red no elimina las relaciones de poder, las transforma. Eric Schmidt, por entonces presidente de Google, adelantó esta circunstancia en The New Digital Age, un ensayo sobre el poder digital publicado en 2013 y convertido en referencia para las élites políticas. El marketing electoral no tardó en aprender a operar sobre estas dinámicas. Brad Parscale, responsable de estrategia digital en la primera elección de Trump, convirtió la segmentación digital en pieza central de su campaña, donde también intervino Cambridge Analytica. Años después, figuras como Peter Thiel, David Sacks o Elon Musk llevarían mucho más lejos la conexión entre poder tecnológico y político en el regreso de Trump a la Casa Blanca. A estas alturas la cuestión puede estar menos en el origen de las movilizaciones que en lo que ocurre luego. Puede haber promotores sin director, intereses sin un plan maestro y manipulación junto a espontaneidad. La pregunta decisiva es quién consigue apropiarse del acontecimiento, imponerle un significado e instrumentalizar políticamente a la multitud. Llegamos así al punto en que la lógica de propagación que ha movilizado un lado de la frontera se extiende al otro reformulada en clave transmedia. Medios digitales, prensa, radio y televisión se entrelazan: recogen y reinterpretan lo ocurrido hasta convertirlo en un flujo de imágenes, fragmentos y relatos. Ya no se trata de movilizar a la multitud, sino de construir el significado de lo sucedido. Y ahí comienza la otra mitad de la historia, la que sucede en Occidente.Ceuta como escenario de la batalla cultural Mientras otros compiten por apropiarse de lo que sucede, Ceuta pone el escenario. En esa disputa, una constelación de agentes vinculados a la nueva derecha global se mueve con particular soltura. Donald Trump se ha apresurado a convertir la crisis de Ceuta en un argumento para su política interior, presentándola como ejemplo de lo que, a su juicio, provocan las políticas migratorias de la izquierda liberal. Elon Musk amplificó las imágenes comparándolas con World War Z, el ultraderechista Alex Jones las incorporó a su relato de la invasión de Europa y otros influencers de la órbita MAGA incluso han viajado hasta Ceuta para producir contenidos. El eco alcanza también a Israel, en pleno enfrentamiento diplomático con el Gobierno español por Palestina. Danny Danon, su embajador ante la ONU, lo ha asociado a la reciente regularización de migrantes en España.Publicidad Giorgia Meloni ha utilizado la crisis para justificar controles a viajeros procedentes de España ante el supuesto riesgo de movimientos migratorios secundarios, pese a que Italia, a través de Lampedusa, conoce cifras de entradas irregulares muy superiores. La medida se orienta inequívocamente a reforzar una narrativa excluyente. En España, la dinámica encuentra sus propios protagonistas. Santiago Abascal se desplazó hasta Ceuta en una puesta en escena con tintes de Reconquista. También lo han hecho agitadores de la ultraderecha doméstica y un reducido grupo de neonazis, en un intento fallido por trasladar al terreno sus ficciones digitales. La ola reaccionaria no oculta su voluntad de forzar un giro. España ocupa en estos momentos un lugar específico en ese tablero. Ceuta se sitúa en una escena en la que la nueva derecha internacional se afana en construir un símbolo. Trump y sus aliados de la oposición española obtienen un ejemplo perfecto para su discurso antinmigración, los influencers consiguen millones de visualizaciones, las plataformas digitales multiplican la interacción, los medios aumentan su audiencia, la industria tecnológica encuentra nuevos mercados y Marruecos incrementa su capacidad de presión diplomática. Todos parecen sacar algo de Ceuta, todos salvo Ceuta, que queda relegada a telón de fondo para una miríada de actores que operan a miles de kilómetros.PublicidadSilicon Valley entre bastidores Europa lleva dos décadas levantando en sus fronteras una industria multimillonaria de vigilancia sin que esta se haya traducido en un descenso de los flujos migratorios. Frontex pasó de un presupuesto de seis millones de euros en 2005 a superar los mil millones anuales. Radares, drones, sensores, satélites, inteligencia artificial y análisis de datos alimentan un mercado en el que operan Airbus, Leonardo, Thales, Indra, Safran o Palantir. Esta última se ha convertido en uno de los principales exponentes de la actual relación entre Silicon Valley y la seguridad nacional. Pero Palantir no vende solo tecnología. Su reciente manifiesto de 22 puntos, inspirado en The Technological Republic, defiende que la élite tecnológica debe implicarse en la defensa de la nación y reivindica el poder duro de Occidente, en el que el software desempeña un papel estratégico. No venden únicamente programas. Venden una determinada concepción del poder. Y esa concepción ha dejado de operar exclusivamente en el ámbito comercial. El presidente de la compañía, Peter Thiel, financió decisivamente la carrera política hacia la vicepresidencia de J. D. Vance. El hoy responsable de inteligencia artificial de EEUU, David Sacks, impulsó también su candidatura. Su antiguo socio en PayPal, Elon Musk, destinó cientos de millones de dólares al regreso de los republicanos al poder. Tal vez no constituyen un bloque homogéneo, pero sí representan una tendencia con intereses marcados. Intereses que no siempre coinciden con los de los Estados. España acaba de comprobarlo con Palantir tras indicar a las empresas públicas que eviten contratos con esta compañía ante el riesgo de comprometer información estratégica para la soberanía nacional. Las grandes tecnológicas participan cada vez más abiertamente en política y tienen mercados que defender. Cuando estos planos se cruzan, resulta difícil separar dónde termina la ideología y dónde comienza el negocio.Publicidad La ansiedad generada por la frontera alimenta una industria asociada a esa nueva doctrina de vigilancia, inteligencia artificial y control predictivo. El inmigrante constituye el problema político. El algoritmo constituye el producto. La vieja Silicon Valley que prometía conectar el mundo deja paso a otra mucho más interesada en vigilarlo y fortificarlo. La frontera deja de ser un fracaso de la globalización y pasa a convertirse en fuente de ingresos.¿Y los espectadores? Reducir Ceuta a escenario de la batalla cultural y a sus habitantes a decorado permite eludir una pregunta incómoda: qué ocurre con quienes viven en la frontera. La reacción ante quienes viajaron allí para explotar políticamente la crisis ofrece una muestra valiosa. Parte de la población se movilizó contra los agitadores y la policía terminó escoltándolos hasta el puerto. "Estamos sufriendo y vosotros os aprovecháis", reprochó uno de los vecinos. Quienes habían acudido para representar una ciudad enfrentada terminaron rechazados por esa misma sociedad que pretendían representar. Europa ha externalizado buena parte del control migratorio hacia Marruecos, convirtiendo a Ceuta en el último dique de la política de Bruselas. Cuando ese sistema ha fallado, el Gobierno pretende explicar la crisis mediante las mafias que organizan las entradas; la oposición, criminalizando a las personas que entran. Entre ambos relatos queda desdibujada una población que soporta sus consecuencias: servicios desbordados y una convivencia sometida a prueba.Publicidad Una cosa es considerar insoportable la presión migratoria y otra convertirla en prueba de guerra. Ceuta puede exigir más recursos sin aceptar por ello que sus vecinos musulmanes formen parte del problema que hay que combatir. Porque la ciudad que las imágenes muestran como avanzadilla de una supuesta invasión islámica es también una de las comunidades más mestizas de España. Cristianos, musulmanes y no creyentes comparten barrios, comercios, instituciones y espacio público. Las diferencias existen, como existen los conflictos y las desigualdades, pero también una experiencia cotidiana de convivencia que tiene mucho de ejemplar. En los límites y en los contornos hay cosas invisibles para el centro. Quienes viven en la frontera conocen la diferencia entre una frontera imaginada y una vivida. Saben lo que significa que miles de personas entren de golpe en una ciudad pequeña; pero también quién es el vecino que lleva años en el piso de al lado, que compra en la misma tienda y cuyos hijos comparten pupitre con los suyos en el colegio. Quienes contemplan Ceuta desde lejos creen estar viendo la frontera; quienes viven en ella saben que lo que aparece en la pantalla es, sobre todo, su representación. Quizás por eso los espectadores no estén condenados a ser meros receptores pasivos. Pueden mirar, interpretar, discutir y también rechazar el papel que otros han escrito para ellos. Esa sigue siendo una facultad inherente a lo humano. Los autómatas reproducen relatos sin comprenderlos; las personas pueden decidir no hacerlo. Frente a quienes convierten Ceuta en espectáculo, todavía quedan quienes la habitan.
La frontera del espectáculo
Frente a quienes convierten Ceuta en espectáculo, todavía quedan quienes la habitan







