0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEn vacaciones me gusta leer libros que me compré, a veces hace tanto tiempo, que hasta las páginas empiezan a amarillear. Tengo el último libro de Delphine de Vigan, pero también tenía por leer Nada se opone a la noche, y he empezado por este y me ha parecido brutal y se lo recomiendo si no lo han leído. Si lo han hecho, disculpen, soy yo, que voy con retraso de quince años, pero me encanta ir tarde en estos tiempos frenéticos, de epilepsia por lo inmediato. También he leído una novela negra de corte clásico pero extraordinaria de Megan Abbott, Reina del crimen, pero cuando se la recomiendo a un amigo, ya la leyó y sigo en 2007. Bien por mí. ArchivoTambién aprovecho estos días para volver a ver películas. A veces con recelo si guardo buen recuerdo de ellas y, a otras, que no me gustaron, les doy otra oportunidad, porque hay cosas que te pillan demasiado pronto, demasiado rápido o demasiado lejos. Soy de los que se fían de los que saben más que uno y mi experiencia es que suelen tener razón.Me encanta ir tarde en estos tiempos frenéticos, de epilepsia por lo inmediatoAcabo de ver Trois colours: rouge, del polaco Kieslowski. Me gustó cuando la vi con veintitantos y me ha gustado quizás más ahora, pero lo que me ha dejado asombrado y pensativo ha sido la nostalgia de ese mundo. Soy consciente de que la nostalgia suele ser embaucadora y complaciente, pero me temo que en este caso no lo es.Era aquel 1994 –el mundo que aparece en la película, en el que vivíamos– un mundo donde lo privado, el anonimato, la existencia era muchísimo más libre y llena de levedad. No hay móviles en la película ni aparece internet. La gente se llama desde las casas y las cabinas, no sabe de antemano quién les telefonea, goza de un montón de horas sin estar monitorizado. Como llamar –o hacer fotos– cuesta –económica y físicamente– uno decide a quién llama, a qué hora, cuánto tiempo.Lo privado es un tesoro y no estamos todos expuestos las veinticuatro horas del día. Era un mundo que no estaba instalado en el ciclo infinito de lo que nunca se acaba –ni la información ni el entretenimiento ni la paranoia–, que nos parece gratis porque lo pagamos con lo privado. En este sentido –no es nostalgia, sino lucidez–, era un mundo mejor. A un ritmo tecnológico al que podía acompasarse lo humano.
Rojo nostalgia, por Carlos Zanón
En vacaciones me gusta leer libros que me compré, a veces hace tanto tiempo, que hasta las páginas empiezan a amarillear. Tengo el último libro de Delphine de Vigan, pero también tenía por leer Nada se opone a la noche, y he empezado por este y me ha parecido brutal y se lo...







