Terminado el mundial y con el aceleramiento de las encuestas negativas para el Gobierno, el calendario electoral a un año de las PASO, si no fueran eliminadas, del próximo agosto sintomáticamente el calendario electoral se disparó con intensidad. Surgen candidaturas, reuniones de ambos campos políticos Karina con Macri, del peronismo del interior y bonaerense por su parte, en lo que podríamos llamar los idus de agosto. Pero hay una ley que parece imponerse la mayoría de las veces. Los argentinos elegimos al presidente menos pensado, al que sería una sorpresa que fuese electo, al desconocido, al que rompe alguna tradición o genera un imprevisto. Alfonsín, padre de la democracia, rompió un mito político prácticamente fundante de la Argentina contemporánea: el peronismo nunca había perdido una elección libre. Menem derrotó contra pronóstico a Cafiero en la interna peronista y volvió al poder vestido de caudillo del siglo XIX. Kirchner era prácticamente desconocido frente a un Menem que todavía parecía favorito. Macri rompió otro mito: nunca la derecha había llegado al poder mediante elecciones sin un golpe de Estado. Alberto Fernández era un dirigente conocido en la política pero desconocido para la mayoría del electorado cuando Cristina lo eligió. Y para qué hablar de Milei: apenas un panelista televisivo unos meses antes de ser diputado de un minibloque de dos integrantes y, después, presidente.
Día 974: Ley del presidente sorpresa
A un año de las próximas PASO, la historia electoral argentina demuestra que el favoritismo temprano suele ser un espejismo. Entre la volatilidad de los votantes, la crisis de identidad de los partidos y un sistema que premia al imprevisto, una radiografía sobre por qué en este país el verdadero candidato a vencer casi nunca es el que encabeza las encuestas.








