13/08/2026 12:29 Actualizado 13/08/2026 12:37 Síguenos en Google0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialSabía perfectamente qué tenía que pasar. Durante los últimos meses había explicado la física de los eclipses a los medios de comunicación y en muchas conferencias, visto centenares de fotografías y planificado hasta el detalle la observación de ayer. Pero nada de eso me preparó para el momento en que la Luna cubrió completamente el Sol. Era mi primer eclipse total y la experiencia superó, con creces, las expectativas. El Sol desapareciendo lentamente, el cambio repentino de la luz y de la temperatura y, de repente, aquel disco negro rodeado por la corona solar y pequeñas protuberancias rosadas. Piel de gallina. Me cuesta encontrar palabras para describirlo mejor.La meteorología era la gran incógnita, sobre todo en un eclipse que llegaba con el Sol muy bajo sobre el horizonte. Hubo lugares donde las nubes estropearon el momento, pero en muchos puntos de la franja de totalidad las condiciones permitieron disfrutar de un espectáculo extraordinario. Y quizá la mejor medida del impacto del eclipse no son las fotografías que llenan las redes sociales, sino las reacciones: silencios profundos, lágrimas, abrazos y miles de personas mirando exactamente hacia el mismo lugar. Hacía más de un siglo que no se veía un eclipse total desde la península Ibérica, pero el acontecimiento fue mucho más allá de su belleza o rareza astronómica.El eclipse durante su fase total desde Mallorca. JAIME REINA / AFPTambién hay ciencia después de la oscuridad. Durante la totalidad se hace visible la corona solar, la atmósfera exterior de nuestra estrella, normalmente escondida por el brillo del disco central. Las observaciones del eclipse hechas desde tierra y desde el espacio ayudarán a estudiar mejor esta región y a entender la actividad solar, que, cuando es especialmente intensa, puede llegar a afectar a nuestros satélites, sistemas de navegación y comunicaciones. Hoy disponemos de telescopios que observan el Sol continuamente, de manera que los datos obtenidos durante el eclipse podrán compararse con una visión mucho más completa de nuestra estrella. El trabajo científico, por lo tanto, continúa mucho después de que la sombra de la Luna haya abandonado la Tierra.Lee tambiénY también habrá un “después” para los que ya pensamos en repetir la experiencia. El 2 de agosto del 2027 tendremos otro eclipse total, esta vez en el sur de la península, con una totalidad mucho más larga. El 26 de enero del 2028 llegará un eclipse anular. Tres grandes eclipses solares visibles desde España en solo tres años. Una oportunidad excepcional que no deberíamos desperdiciar.Pero quizá el legado más interesante del 12 de agosto no será solo científico. Vivimos en una época en que casi todo es inmediato. Podemos ver cualquier película cuando queremos, escuchar la canción que nos apetezca, visitar virtualmente casi cualquier lugar del planeta y consumir experiencias a demanda desde una pantalla. Un eclipse funciona exactamente al revés. Hay que esperarlo durante meses, decidir desde dónde lo observaremos, desplazarnos, mirar obsesivamente la previsión meteorológica y, cuando llega el momento, aceptar que no tenemos ningún control sobre el resultado. La naturaleza pone las condiciones.Que un fenómeno así haya sido capaz de movilizar a tanta gente me parece casi revolucionario. Durante unas horas nos organizamos en torno a una experiencia real, efímera e incierta. No se podía adelantar, repetir ni vivir a través del móvil. Había que estar allí.Me gustaría pensar que este eclipse nos dejará un legado más profundo que la emoción de aquellos minutos. Nos ha recordado que todavía somos capaces de dejar lo que estamos haciendo, mirar todos en la misma dirección y maravillarnos ante una realidad que nos supera. El cosmos tiene esta virtud: de vez en cuando nos pone en nuestro lugar. Y quizá un poco de humildad, curiosidad y capacidad de sorpresa no son un mal punto de partida para mirar hacia el futuro.
¿Y después del eclipse, qué?, por Físico e ingeniero aeronáutico
Sabía perfectamente qué tenía que pasar. Durante los últimos meses había explicado la física de los eclipses a los medios de comunicación y en muchas conferencias, visto centenares de fotografías y planificado hasta el detalle la observación de ayer. Pero nada de eso me preparó...













