Es 13 de agosto y Jaime Zamorano está agotado. Ayer por fin pudo vivir un eclipse total de sol en su pueblo y con sus seres queridos. Es un día que este catedrático de astrofísica jubilado de 69 años nunca olvidará. No se siente con fuerzas de atender a los medios, pero su compañero de aventuras desde hace 35 años, el astrofísico Jesús Gallego, del grupo de cazadores de eclipses de la Universidad Complutense, confirma que “está encantado, se lo pasó bomba con su familia, su madre incluida, y lo disfrutó como nadie”. Porque para los científicos como ellos, que llevaban años preparándose para ser los anfitriones de un eclipse en casa y divulgar a la sociedad española sobre su importancia, era tan importante vivir este fenómeno astronómico tan especial, como por fin poder compartir su pasión con sus familias.“Después de llevar tanto tiempo anticipando el eclipse, hablando de cómo es, contando que no se lo podían perder, narrando lo que iban a poder ver y cómo hacerlo de manera segura y asegurando que era hermoso, lo más bonito de todo este proceso ha sido constatar esa emoción”, dice por su parte Eva Villaver, subdirectora del Instituto Astrofísico de Canarias en declaraciones a SMC. “Para mí ha sido muy especial compartir la pasión que tenemos por los astros y ver cómo ese trabajo que llevamos meses realizando se traducía en personas emocionadas, llorando o simplemente mudas, desbordadas durante unos segundos que no olvidarán durante el resto de su vida”.Villaver, que lo vio en el Observatorio de Yebes, el punto oficial de seguimiento del eclipse, asegura que, como ‘profesional de los cielos’, esta ha sido una de las experiencias más gratificantes de su vida: “Que el cosmos es un lugar hermoso, nosotros los astrofísicos lo experimentamos cada día, pero ayer tuvimos la suerte, además, de poder compartirlo; eso es realmente lo que me emocionó. Conseguir que millones de personas mirasen hacia arriba para ver algo que parecía fuera de este mundo”.Los astrofísicos Zamorano y Gallego lo vieron en una star party en Villaverde del Ducado, una pedanía de 20 habitantes de Guadalajara, donde tenían previsto compartirlo con un grupo de amigos cazaeclipses y con sus familias. Era un evento que se presentaba apetitoso, pero escaso de medios, y aunque la publicación de un artículo en EL PAÍS llamó la atención a un centenar de inesperados visitantes, todo estuvo bajo control. “Éramos conscientes de que esto podía pasar, pero el reportaje se publicó en el momento justo, solo tres días antes del evento, así que la gente ya había hecho sus planes en familia y no los iba a cambiar”, añade Gallego, elogiando los meses previos de información, que facilitaron la logística a todo el mundo. Este ha sido el sexto eclipse que comparten Zamorano y Gallego, pero no por ello fue menos especial. Cada eclipse es único porque depende de cientos de factores como la altitud del sol, la calidad de la atmósfera o la actividad solar del momento, como describe Gallego, y este, dice, tuvo un detalle muy importante: “Como la posición del sol era tan baja, hizo que pareciese más grande de lo que es y que la corona solar tuviese un tono más cálido de lo habitual, y esto fue nuevo para nosotros”, reconoce aún emocionado. El astrofísico quiere insistir en que el evento que vivimos este 12 de agosto es “una experiencia social única que te acerca a cualquier persona y por eso hay que compartirla”. A Villaverde del Ducado se acercaron, además de grupos de astrónomos profesionales, agentes forestales e incluso divulgadores tan famosos en redes como Quantum Fracture o Alba Moreno. “Yo di una charla de última hora sobre cómo usar las gafas a unos abuelos del pueblo, y a los forestales también, que luego vinieron a darnos las gracias”, cuenta. “Montamos una especie de comunidad improvisada, todos hermanados por el eclipse”, rememora.Cerca de allí, en la despoblada comarca del Señorío de Molina-Alto Tajo, dos pedanías de un mismo pueblo, Maranchón, tuvieron la tremenda suerte de celebrar star-parties guiadas por sus propios astrónomos locales. En Clares, el astrofísico Javier Alcolea supo reponerse de un susto familiar de última hora, que le hizo llegar al pueblo por los pelos y sin apenas haber pegado ojo, y llegar a tiempo al día “D”. Al llegar, recordó los principales consejos de seguridad por el grupo de WhatsApp del pueblo, se aseguró de que las personas con movilidad reducida se colocaran en el sitio que les tenía reservado y se subió a uno de los dos cerros del pueblo, donde se colocó la mayoría. A su lado, su familia, pero también los jóvenes de entre 20 y 30 años, que se rindieron incrédulos ante el espectáculo que Javier, en ese momento, se concentró en disfrutar. “Es una experiencia sensorial que es difícil de transmitir”, confiesa Alcolea, aún alucinado con su primer eclipse total. Como si todo el mundo hubiese tenido el lujo de disfrutar de algo así, Alcolea cuenta que, tras el eclipse, disfrutaron de una comida popular, una fiesta de música en vinilos y, por la noche, apagaron todas las luces para ver las Perseidas. Su colega, el astrofísico Pedro García-Lario, de Turmiel, aún mantiene la sonrisa de oreja a oreja mientras digiere el cúmulo de sensaciones y emociones de ayer. “Tenía miedo, después de haber prometido a todo el mundo que iba a vivir algo inolvidable, que no fuese así, pero me dijeron que había superado todas sus expectativas, que se sintieron en una película”, confiesa emocionado. Ni él mismo esperaba que fuese tan bonito. “Al final del eclipse, la gente venía a abrazarme y darme las gracias como si yo hubiera traído el eclipse”, cuenta incrédulo y satisfecho por haber podido compartir esos segundos “tan intensos y memorables” con la gente que quiere. “Aquí, en mi pueblo, fue una pasada”. Algo más de 400 kilómetros al noroeste, desde la provincia de León, el divulgador José Vicente Casado también se reconoce agotado, pero feliz. Le cuesta, de hecho, encontrar las palabras para describir lo ocurrido ayer en La Camperona, una montaña de 1.606 metros de altitud en el valle de Sabero, con unas imponentes vistas y, también, una imponente subida: 3,3 kilómetros con un desnivel de hasta el 24%, que la ha hecho merecedora de protagonizar una etapa de tres Vueltas Ciclistas a España.Quien subió ayer a esa montaña lo hizo sabiendo que era un lugar excepcional que, por cierto, no se había publicitado en exceso. Unas 600 personas, estima Casado, subieron a la cima, la mitad de ellos extranjeros, muchos de los cuales llegaron por su cuenta: cogieron un mapa, calcularon el eje de totalidad, la duración máxima y la probabilidad de cielo despejado, y llegaron solos (o eso creían) a la misma conclusión matemática que los organizadores. “No sabíamos que había esto montado”, le dijeron varios a Casado, convencidos de que habían descubierto el mejor mirador de Europa por su cuenta.Para este divulgador y organizador de eventos astronómicos con su empresa litos.net, el eclipse ha sido, más que un fenómeno astronómico, “un experimento sociológico”. Lo cuenta con una mezcla de orgullo y sorpresa: nadie dejó basura, no hubo ruidos, no hubo un solo incidente de seguridad y la exigencia física de la subida, dice, actuó como un filtro que dejó arriba solo a quienes de verdad querían estar allí. La emoción, insiste, le pilló por sorpresa. Y sigue emocionado. “Mi reflexión principal es que el placer viene del conocimiento. Mucha gente había pensado: ‘¿Qué es esta tontería, esta idiotez?’. Vivimos tiempos extraños. Pero cuando vimos ese momento de totalidad, esa reacción humana de sorpresa e ilusión compartida… Conectó lo que tenemos en el corazón con lo que tuvimos en el cielo”.“Ya tengo ganas de ver el siguiente”, dice desde Arcos de Salinas (Teruel) Stylianos Pyrzas. El astrofísico griego de 43 años es parte del equipo del Centro de Estudios de Física del Cosmos de Aragón (Cefca), que organizó la observación desde el Observatorio Astrofísico de Javalambre, entre las sierras de Teruel. Cuando se acercaba la totalidad, prendió un cigarro para vivir esos segundos del primer eclipse solar total de su vida. “Es difícil describir exactamente lo que se siente en el momento, una vez que te quitas las gafas y ves este espectáculo de la naturaleza”, cuenta y celebra: “Además, tuvimos la suerte de tener una protuberancia solar visible a simple vista”. Cuando terminó y la gente se acercaba a preguntarle sus sensaciones, no tenía palabras. “Me costará tiempo procesar todo lo que hemos vivido ayer”, admite. Pero está feliz. “Lo más importante son todas las emociones que nos provocó esta maravilla que vivimos”.Ahora, cuenta, oscila entre el cansancio y la sensación de misión cumplida con éxito después de dos años preparándose e informando a la ciudadanía sobre qué iba a ver y las medidas de seguridad. Ahora le queda como un vacío: “Pasó. Y ahora, ¿qué hacemos?”. Todo fluyó sin incidencias: la Agencia Espacial Europea retransmitió al mundo; el Planetario de Berlín, a Alemania; un grupo de investigadores italianos experimentó con un prototipo, y los científicos lo vieron con sus familias. Había hasta un premio Nobel y una estrella de rock. A este astrónomo, que comenzó estudiando Física, hasta que vio Saturno a través de un telescopio y estuvo seguro de que quería gastar el resto de su vida profesional observando el cielo, el cosmos le sigue regalando sorpresas nuevas. La culminación de estos dos años de trabajo ha sobrepasado todas las expectativas de Pyrzas. Hasta tiene una foto con el exguitarrista de Queen Brian May, que vio el eclipse de ayer en Arcos de Salinas. El astrofísico y divulgador Borja Tosar recuerda que, cuando se conectó por primera vez a Internet desde su casa, en 1995, una de las primeras cosas que hizo fue descargarse un programa de astronomía y pedirle que calculara cuándo sería el próximo eclipse total en Sarria, su pueblo, en la provincia de Lugo. La respuesta: 12 de agosto de 2027, a las 20.28, quedó grabada a fuego en la mente del entonces adolescente. Pasaron 31 años y por fin llegó el gran día. Este miércoles tuvo la oportunidad de cumplir el sueño de ver la ocultación total del Sol en su localidad natal, que lo ha hecho este año pregonero de sus fiestas. Allí estaba a primera hora de la tarde, cuando empezaron a llegar unas nubes con “muy mala pinta”. “Yo quería estar en mi pueblo, pero no quería perderme la oportunidad de vivir con mi pareja la verdadera experiencia de ver la corona solar”, cuenta. Así que ambos agarraron el coche de nuevo y se desplazaron hasta Guitiriz, a algo más de 70 kilómetros. Llegaron poco antes de empezar el fenómeno, para sorpresa de un grupo de astrónomos y aficionados de A Coruña, entre ellos su gran amigo y cazador de eclipses Óscar Blanco. “Ese abrazo que nos dimos fue con lagrimita”, reconocen ambos. Juntos habían visto su primer eclipse total en Turquía en 2006. Blanco vio ayer su decimoprimero, mientras que para Tosar era el segundo. Él se ha pasado el último año dando charlas por toda Galicia. “Me he centrado mucho en explicar a la gente lo que se ve y lo que se siente durante la totalidad. Quería que estuvieran preparados para disfrutarlo”, dice. Pero por mucho que él sí se lo supiera, le ha vuelto a sorprender. El color del cielo y la altura del Sol fueron muy distintos que en Turquía. Asegura que todos los eclipses se viven diferentes: “Esta vez, me he sentido en otro planeta”.