Desde que se estrenó la campaña de baño han fallecido 33 personas ahogadas en playas, ríos y piscinas de Cataluña. Un mal balance a mitad de temporada, por lo que Protección Civil subrayó que había que estar especialmente alerta con niños y personas mayores, grupos de mayor riesgo. Pero un reciente estudio académico pone sobre la mesa otro factor, el social, por la alta siniestralidad en actividades acuáticas que sufren los jóvenes extranjeros, sobre todo africanos. Los autores del informe vinculan esos accidentes al déficit de habilidades básicas de natación y de educación en seguridad acuática que, concluyen, tienen mayor impacto en segmentos sociales con bajos ingresos. “Siempre nos había llamado la atención que en infancia y adolescencia había un gran impacto de los accidentes en personas extranjeras superior a lo que es el padrón”, afirma Eneko Barbería, director del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Catalunya y uno de los cuatro autores del estudio. En Ahogamientos mortales de menores en Cataluña: diferencias según la nacionalidad de las víctimas se recogen las 39 muertes de personas de menos de 18 años entre 2019 y 2023 y el 56,4% de esas víctimas tenían nacionalidad extranjera [cuando solo representan el 15,7% de los empadronados] y una cuarta parte eran de origen africano. Barbería sostiene que esos fallecimientos son “un grave problema social y de salud pública”, básicamente porque son “evitables”. Y el primer paso para que esas situaciones de peligro sean remediables es que las personas cuenten con la formación necesaria, “porque una parte de lo que sucede es por desconocimiento, por no ser realista con las aptitudes”, según explica Thais Casadevall, experimentada profesora de aguas abiertas tras graduarse en Educación Física (INEF). Sobre todo cuando se trata de accidentes en el mar, donde no hay un suelo diseñado para marcar referencias, ni una pared o una línea de corcheras. Ni lugar de apoyo ni de orientación en un lugar que además cuenta con otras variables, como un cambio repentino en el viento, el empuje del oleaje o la fuerza de las corrientes. “O de sufrir cansancio —continúa Casadevall— y que tu cabeza no sea capaz de reaccionar con sangre fría y no tome la mejor decisión para salir del mar”.El estudio, que también firman miembros de la Agencia de Salud Pública de Cataluña, apunta también diferencias entre si las muertes se producen en piscinas o aguas naturales. Las muertes en piscinas fueron más frecuentes entre los menores españoles (un 78,6%), frente al 41% entre los extranjeros, otro elemento que fortalece el argumento de cómo el estrato social acaba convertido en un factor de riesgo. El informe evidencia la existencia de una “fuerte correlación” entre el nivel de renta y el porcentaje de individuos que pueden nadar sin necesidad de ninguna ayuda y destaca la necesidad de impulsar “políticas” que permitan equilibrar “la igualdad de acceso a entornos acuáticos seguros y a programas preventivos” sin que se produzca una distinción por cuestiones de la capacidad adquisitiva de las familias. Ramsés Martí, experto en seguridad acuática, asume que hoy en día son evidentes los problemas con los que cuentan las clases más desfavorecidas para acceder a cursos. Y en su opinión, hay que defender esos cursos, pero no tan solo en lo que respecta a los cursos de natación de vertiente más deportiva. “¿Qué es saber nadar? ¿Tirarte a la piscina y no ahogarte? Debemos evolucionar el discurso para hacer de la natación una habilidad de supervivencia”, señala Martí, quien considera que esa formación debería incluir la natación obligatoria, pero ir más allá de las prácticas en el agua: “La gente ha de saber interpretar los colores de las banderas de las playas, saber qué sucede si se alejan de una zona de espigón con bandera amarilla, el peligro de utilizar flotadores en lugares donde no tocan suelo”, dice.Pero no se trata solo de natación y tampoco de equiparar piscinas y aguas abiertas, porque, según relata Casadevall, “hay gente que es capaz de nadar 3.000 metros en piscina y ser incapaz de hacer 200 metros en el mar”. Algunas de las personas a las que forma buscan superar una fobia en el mar. “Nosotros intentamos enseñarles a entender el mar, el viento, las corrientes...”, apunta la nadadora, que, como todos los consultados para este reportaje, tiene en mente el drama vivido en Tarragona este verano, cuando tres chavales de 12 y 13 años que nadaban en la playa de la Arrabassada fallecieron en una zona donde los bañistas acostumbran a lanzarse desde una zona de rocas pese a los avisos del Ayuntamiento de no hacerlo. Barbería y los otros tres firmantes del estudio, publicado por la Revista Española de Medicina Legal, advierten que intentar incluir esa formación en el currículo de educación física de las escuelas puede acabar dejando fuera de ella a muchos menores de nacionalidad extranjera “por barreras económicas y culturales”. Y aconsejan dar un papel a los especialistas en Pediatría y Enfermería Pediátrica como canalizadores de consejos de seguridad y prevención de ahogamientos durante la infancia y la adolescencia. El estudio recuerda que ha habido intentos de recomendar vigilancia y contacto continuo a los menores de dos años cuando están en bañeras, piscinas y recipientes de agua y pasar a la supervisión continua cuando superan esa edad. Porque las estadísticas en esa franja de edad son alarmantes: el 59% de los menores fallecidos por ahogamiento entre 2019 y 2023 tenían menos de seis años. Dice Barbería que es la estadística que más le ha sorprendido: “No se trata de culpar a nadie, sino de que todo el mundo tome conciencia de tener controlados a los niños”. La Asociación Española de Pediatría avisa que en el caso de niños pequeños puede bastar con dos centímetros de agua en el fondo de un cubo, una bañera, una piscina portátil o un pozo para un desenlace fatal.