El año pasado visité el Museo Pablo Gargallo, de Zaragoza, y mientras recorría las salas me crucé con un grupo de escolares de seis o siete años. El guía decidió ponerles a prueba: ¿Sabéis de quién era muy amigo Pablo Gargallo? de otro artista llamado también Pablo... Pablo Pica... Pica... Y antes de que pudiera terminar la frase, toda la clase respondió al unísono: ¡Pikachu! Confieso que no pude contener la risa. Me sorprendería que un niño de primaria conozca al genio malagueño, y lo importante es que estuvieran allí, descubriendo que hay vida más allá de las pantallas. Sin embargo, aquella respuesta absurda volvió hace unos días a mi cabeza porque, curiosamente, me recordó los vídeos que el algoritmo insiste en servirme cada día: hay un locutor de Los 40 Principales, Karin Herrero, que recorre la Gran Vía de Madrid con un micrófono haciendo preguntas de cultura general a jóvenes mayores de edad. No hablamos de resolver una ecuación diferencial ni de explicar la teoría de la relatividad, hablamos de preguntas básicas como: ¿Dónde está la Mezquita de Córdoba? En Granada. O ¿Qué ciudad atravesaba el muro de Berlín? Londres. Uno puede equivocarse, claro. Todos nos equivocamos. El problema no es el error, el problema es que el error ya no incomoda. Va acompañado de carcajadas, de aplausos, de comentarios celebrando la ocurrencia. Durante mucho tiempo reconocer que uno no sabía algo producía cierto sonrojo. No porque hubiera que saberlo todo, sino porque el conocimiento tenía prestigio. Hoy ocurre exactamente lo contrario, saber demasiado despierta desconfianza. Si citas un libro eres un intenso. Si corriges una fecha histórica eres un pedante. Si distingues a Pikachu de Picasso probablemente seas el pesado de la cena de empresa. En cambio, confundir la Mezquita de Córdoba con la Alhambra de Granada puede darte cientos de miles de likes y visualizaciones. Las redes sociales han perfeccionado este mecanismo. Una respuesta correcta dura tres segundos en la pantalla y no genera viralidad. Una barbaridad monumental produce millones de reproducciones, miles de comentarios y un debate infinito. El algoritmo no distingue entre inteligencia e ignorancia, solo distingue entre contenido que retiene y contenido que no. Por eso ya casi nada nos sorprende ni avergüenza. Hemos llegado al punto de manifestarnos porque en unas oposiciones para acceder a la docencia penalizan las faltas de ortografía. Es una escena que, hace solo unos años, habría parecido un guión de Berlanga (busquen en Google quién fue). Quizá el problema no sea que un niño de siete años confunda a Picasso con un Pokemon, eso tiene gracia y hasta cierta lógica infantil. Lo preocupante es que dentro de veinte años puede seguir respondiendo lo mismo si no nos ponemos las pilas. Si echo la vista atrás, pienso que, al menos, aquellos niños estaban en el lugar correcto para aprender. Lo inquietante hoy es que muchos adultos ya no pisan los museos, les basta con TikTok o Instagram. Y allí, por desgracia, Pikachu siempre gana a Picasso.