La Luna la clavó al ocultar el Sol en Santes Creus. Estuvo sublime, como en el arte, que nunca habla de perfección. El Festival Jordi Savall lo vivió literalmente entre viñedos, en los campos de Les Pobles, donde montó un concierto para más de 300 personas que se sentaron junto a las cepas, pies en la tierra, y vivieron una experiencia difícil de olvidar. Cuando marcaban las 19.35 y la luna comenzaba a besar en el horizonte al astro mayor, la tiorba de Josep Maria Martí comenzó a sonar adaptando músicas de Händel –muy acertada el aria Ombra mai fui – o Purcell, con su Lamento de Dido...El poder de la música adquiría dimensiones cósmicas –no es frase hecha– cuando a las 20h27m5s se produjo el eclipse total. La luz se volvió irreal y ocho cantantes de la Capella Reial de Catalunya interpretaron los primeros seis minutos de un nuevo estreno sensible de Bernat Vivancos, Lumen tenebrae, con textos del Génesis I, encargo del festival. Una obra que se escuchará entera mañana y que tuvo un efecto transformador. Por debajo de las gafas homologadas había quien se secaba las lágrimas.Jordi Savall contempla el eclipse entre viñas en Santes CreusAlba Mariné Torrell“Me he quedado sin respiración en el momento del eclipse, colapsado”, decía un emocionado Jordi Savall, que había seguido el acto desde una primera fila, junto a la consellera de Cultura, Sònia Hernández, y el director general de Patrimoni, Joaquim Borràs, entre otros cargos del Govern. Entre las vides se veían rostros conocidos: el actor Jordi Boixaderas o los músicos Judit Neddermann y Ferran Savall, hijo del maestro.Seis buses se habían fletado desde Santes Creus una hora antes. Todo el mundo iba a ciegas: iba a ser una sorpresa, tanto el lugar como la pieza que Vivancos había concebido “como un acto de humidad ante el cosmos”, decía.No fue la única experiencia musical del eclipse. El festival organizó un concierto alternativo para los músicos y trabajadores donde la gente del pueblo tenía previsto presenciarlo: en las viñas sobre la riera de Rubió, cuando cruza con el Camí Reial de Santes Creus.Al mediodía, algunas casas antiguas de particulares en la plaza de Santes Creus eran un ir y venir de artistas preparando esa jam de músicas del mundo. El turco Hakan Güngör, uno de los fieles a Savall, portaba su qanun, cuyo sonido de cuerdas pulsada endulzaba a esa hora el calor sofocante. En otra sala, la cantante y oudista siria Waed Bouhassoun ensayaba con media docena de colegas más el programa Mujeres de Oriente.“Lo bonito es cruzarte con el viticultor que te tiene alojado en su casa; él con el tractor, apresurado con la vendimia que este año se avanza, y tu ocupándote de la logística del festival. Y por la noche, música”, comentaba el director de producción, Raimon Casinos.El Festival preparó una sorpresa: un emocionante estreno de Vivancos para el momento culminanteSantes Creus había amanecido tranquila el día D. A las 10 horas el eclipse no era ni tema de conversación en el bar del Hostal Grau donde los artistas acuden a desayunar o a tomar café. Tcha Limberger, el violinista ciego que el día antes se había entregado a un programa húngaro para celebrar los seis siglos –y no cinco, como por error indica el programa– de la llegada de los zíngaros a la Península Ibérica, sacó su instrumento... y se hizo un silencio. Ojo, tocaba el nieto del legendario Piotto Limberger, heredero de la familia de músicos manouches, gitanos de origen alsaciano/belga.En su mesa, el mítico arpista Andrew Lawrence-King, que por la noche iba a participar en el concierto Homenaje a Copérnico, bromeaba haciendo el gesto de pasar el sombrero. En la mesa de al lado, el violagambista Philippe Pierlot, otro grande de la música antigua que lleva años vinculado a Savall, sonreía y se relajaba con un crucigrama. El año pasado acudió con su propio ensemble... Igual que Lawrence-King lo hará en el futuro con un proyecto operístico.El Homenaje a Copérnico culminó una jornada únicaAlba Mariné TorrellSantes Creus tiene el privilegio de incorporar a su vida cotidiana a esa gente excepcional que vive la música. Horas después, se les ve ante mil personas en la plaza barroca que es en sí misma una cajita de música de acústica imbatible.El programa Homenaje a Copérnico. Armonia universal, dirigido por Savall desde la viola de gamba, era ayer estreno nacional. Se hizo en Cracovia, en el 2013, por un aniversario del astrónomo, y en dos ocasiones más. “Ahora es perfecto para el eclipse –comentaba el maestro–, y lo hacemos con cantantes polacos, de lo contrario la dicción no sería adecuada”.Savall se rodeaba en el escenario de la plaza del monasterio de una quincena de instrumentistas. Estaba el laudista vasco Enrike Solinís, que ya el año pasado dio un buen recital y esta vez ha inaugurado la cita. Y otra viola de gamba, Filipa Meneses, o la guitarra morisca y el santur de Dimitri Psonis... El conjunto vocal, dirigido por Lluís Vilamajó, combinaba voces de la Capella Reial con tres cantantes de Polonia para un programa de motetes, salmos, plegarias, fantasías, danzas, taksimes y makames... de autores del norte, el sur y el este de Europa, anónimos polacos, otomanos y sefarditas.Como recordaba el historiador Jordi Grau, de la Fundació CIMA, en la conferencia sobre Copérnico, lo que logró el genio polaco al formular esa amplia cosmología heliocéntrica, que desplazaba la Tierra como centro del universo, no fue tanto una acción renacentista como una nueva lectura de algunas fuentes de la Antigüedad. Aristarco de Samos ya había hablado de la teoría heliocéntrica, y existían libros en la Biblioteca de Alejandría, que luego ardieron.Pero la personalidad fascinante de Copérnico le llegó al público a través de la música y los textos que declamaba la actriz Sílvia Bel. Canónigo e incluso defendido por la comunidad eclesiástica, no quiso editar su libro hasta poco antes de morir. “Por miedo a represalias, sí”, corrobora el musicólogo Oriol Pérez Treviño en Santes Creus.La Iglesia rebajó la teoría de Copérnico a hipótesis matemática, “pero trazó toda una armonía celestial”El programa escogido era un repaso de lo acontecido en Europa a lo largo de su vida: la invasión turca, sus estudios de matemáticas y astronomía en Cracovia, la expulsión de los judíos de España, su nombramiento como canónico del capitolio de Varmia, las guerras italianas con los franceses ocupando Milán... hasta que, en 1531, y a pesar de estar Europa enzarzada en guerras de religión entre católicos y protestantes, finaliza De revolutionibus orbium coelestium y decide no publicarlo.Se edita en Nuremberg, en 1543, con prólogo del teólogo luterano Andreas Osiander, que, sin permiso, presenta la teoría como una simple hipótesis matemática. Copérnico moría al poco. Y Savall y sus secuaces honraban su manera de trazar una armonía celestial.Es redactora de La Vanguardia desde 1989, responsable en los últimos años de las áreas de ópera, danza y música clásica para la sección de Cultura. Anteriormente se especializó en temas de igualdad entre sexos y solidaridad. Ha publicado series sobre la prostitución y la evolución de las costumbres sexuales. Nacida en 1967 en Tortosa, en la comarca del Baix Ebre, es licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y en fotoperiodismo por el International Center of Photography de Nueva York