0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLos arquitectos españoles de cierta edad suelen repetir una máxima de Alejandro de la Sota según la cual a él y a sus colegas les gustaba “dar liebre por gato”. Es decir, ofrecían al cliente una mejor atención que la esperada, sin incrementar honorarios, actuando de modo opuesto a quienes dan gato por liebre y tratan así de engañar o estafar a quien solicita sus servicios. Shigeru Ban / LVEsa actitud empática y desprendida, propia de quien cree al cliente acreedor de la mejor asistencia posible, tiene tradición entre los arquitectos más cualificados, que ahora suelen hacerla extensiva al entorno de la obra. Algo muy conveniente cuando los estragos de la crisis climática complican el futuro y convierten en una gran insensatez construir dañando el medio natural.Todo ello ocurre, por cierto, en una época en la que la ideología asociada a la igualdad, el género, las actitudes antipatriarcales, anticoloniales, antirracistas, etcétera, gana terreno en la escena académica.Asistí al congreso de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA) celebrado en Barcelona, a caballo entre junio y julio, y tuve ocasión de comprobar que estos últimos profesionales, que se sienten cómodos abordando desde el ámbito teórico ciertos problemas colectivos, estaban bien representados. Como también lo estaban otros más resolutivos, que enseguida se arremangan y se plantan allí donde su contribución puede ser muy útil para quienes han sido golpeados, pongamos por caso, por una catástrofe natural.Es más útil actuar contra las desgracias que afligen al mundo que elucubrar sobre un futuro idealEn resumen, pude escuchar a quienes priorizan el cultivo y difusión de la teoría, que a veces defienden con rigor rayano en el dogma, y también a otros que dejan atrás las comodidades para irse a ayudar en los lugares donde acaba de producirse un cataclismo.Entre estos últimos destacó en Barcelona el japonés Shigeru Ban, que goza de fama global desde que ganó el premio Pritzker en el 2014. Llevaba ya entonces veinte años trabajando en escenarios de catástrofes, desde que en 1994 reaccionó ante las imágenes televisivas procedentes de Ruanda, donde la guerra entre hutus y tutsis había dejado dos millones de refugiados sobreviviendo en condiciones lamentables. Y en lugar de musitar un “pobre gente” y ponerse a pensar qué iba a cenar, partió hacia dicho país para procurar mejores viviendas provisionales a los damnificados. Fue el inicio de una carrera asistencial que se prolonga desde hace ya más de treinta años, y que le ha convertido en un habitual de guerras, inundaciones, seísmos o tifones, a los que acude al frente de un pequeño grupo de estudiantes igualmente solidarios.También pasó por Barcelona el francés Jean-Philippe Vassal, que recordó sus trabajos iniciales en Níger. O Eyal Weizman, que combate la genocida arquitectura de demolición israelí desde su firma Forensic Architecture, desafiando la peligrosa furia de Netanyahu y su gobierno de ultras. O la arquitecta nacida en Bangladesh Marina Tabassum, cuya luminosa labor procurando vivienda a las víctimas de las crecidas del revoltoso río Ganges, o a los refugiados de la etnia rohinyá expulsados de Myanmar, es a la vez una muestra de sus talentos arquitectónicos esenciales y de su dimensión ética.Algunas personas son partidarias de la acción. Otras dedican mucho tiempo a la retórica, incluso cuando las urgencias saturan ya los telediarios.He titulado este artículo “La parábola de los arquitectos” porque creo que, al igual que las parábolas bíblicas (con sus mensajes de amor al prójimo, de perdón o de desarrollo del talento personal, entre tantos otros), contiene también una enseñanza moral. Aunque aquí, a diferencia de en la Biblia, no se trata de una narración alegórica, sino de otra basada en las distintas maneras de afrontar la realidad cuando reclama una intervención sin demoras. Elucubrar sobre un futuro ideal, súper progre, sin discriminación alguna, es muy atractivo. Pero no es más útil que apresurarse a paliar cualquiera de las muchas desgracias o injusticias que afligen a nuestro mundo.