12 de agosto, 2026 - 06h00Fuimos a ver La odisea. En realidad, no vi las partes más violentas. Algo en mí rechaza ese despliegue, que, además, ocurre en una realidad que conozco y me produce una profunda desazón y cuestionamiento sobre la vida que conocemos. Leí el libro en mi juventud. No recordaba muchos detalles. Amé la libertad que Nolan se ha tomado en diferentes partes de la película, la rapsodia que ha hecho del texto. Y particularmente me conmovió el final. Al regresar a Ítaca, Odiseo no vuelve como el hombre que Penélope esperaba. Vuelve alguien que ha atravesado la guerra, la pérdida, el miedo, la violencia, la crueldad, la distancia, la soledad y el conocimiento. Necesita comprobar algo más profundo que ser reconocido. Necesita saber si puede ser amado también en su transformación. Necesita saber si sigue siendo él. El viaje lo ha modificado. Penélope tampoco es la misma mujer que lo despidió. ¿Cómo saber si seguimos siendo nosotros cuando ya no somos quienes fuimos?En la vida de todos ocurren muchos viajes, no solo geográficos. Puede ser una enfermedad, guerra, maternidad, pérdida, traición, jubilación, exilio, amor, lectura, experiencia política o una conversación. Y entonces aparece una frase dolorosa: “Ya no te reconozco”. Ocurre en las parejas, entre amigos que hace tiempo no se ven, entre personas que alguna vez caminaron juntas y un día descubren que han crecido en direcciones diferentes. No hay en sí un culpable. Cuando una pareja dice “ya no eres el mismo”, quizá está diciendo “yo estaba enamorado de quien eras y no sé cómo relacionarme con quien eres ahora”.Hace años, viviendo en Francia, me llamaban la atención las plantas de guineo, exuberantes de ramas, utilizadas como follajes en parques y casas. Aquí nos dan diferentes especies de plátanos. Es la misma planta, pero el fruto es distinto según donde vive. La semilla tiene un potencial, pero el contexto participa en lo que ese potencial llega a ser. No somos solo lo que traemos dentro. Tampoco somos solo lo que las circunstancias hacen de nosotros. Somos el encuentro entre ambas cosas. Y las decisiones que tomamos. Por eso cuando me dicen “sigues igualita” no sé si tomarlo como halago o crítica. Después de tantos años, ¿ser exactamente igual es una virtud? La pregunta es: ¿cuándo el cambio no es una traición, cuando es una forma de fidelidad a nosotros mismos? Porque hay cambios que nos alejan de quienes somos y otros paradójicamente nos acercan. Quizá la esencia sea la raíz. El árbol cambia de tamaño, pierde hojas, resiste tormentas, se inclina, vuelve a brotar. Pero algo permanece debajo.Quizá madurar consista en eso: no permanecer iguales, sino cambiar sin perder la raíz. Llegar a ser plenamente quienes somos, aunque al hacerlo dejemos de parecernos a quienes fuimos. Y aceptar que quienes nos aman tendrán que aprender a reconocernos de nuevo. Y nosotros a ellos. Odiseo regresa a Ítaca tras haber sido otro. No regresa intacto y tiene que descubrir que ha sobrevivido de lo que era. No se trata de permanecer fieles a quienes fuimos, sino de descubrir si seguimos siendo fieles a aquello que nos hace ser nosotros mismos. (O)