Hay unas horas del día, en los meses de julio y agosto, especialmente en lugares como Murcia, en las que los centros comerciales se convierten en el único refugio civilizado que le queda a una ciudad que arde más allá de sus puertas como el séptimo infierno. La gente entra huyendo de los cuarenta y pico grados a la sombra y se deja mecer por el frío artificial y por la música que no pretende siquiera competir con el ruido de fondo, se deja mecer por la promesa de que allí dentro no pasa nada, no puede pasar nada, porque este es el sitio donde uno viene a hacer la compra y a matar el tiempo. El pasado cinco de agosto, sin embargo, mientras de fondo chirriaban las ruedas romas de los carritos camino de las cajas, en un pequeño taller de reparación de calzado y copia de llaves bautizado, con una malpuesta ironía que ya nadie podrá deshacer, como Súper Rápido, entre una administración de loterías y una tienda de móviles, un hombre de treinta y ocho años degolló a su ex pareja con el cúter que usaba para cortar suelas.

Según las crónicas periodísticas, no hubo nada que pudiera oír nadie o que alertara a los comercios de al lado; nada que rompiera ni por un segundo la coreografía de consumo que sucedía a muy pocos metros de distancia. Cuando terminó, bajó la persiana, le escribió un mensaje a un compañero para avisarle de que no se acercara, de que dentro estaba ella, y se marchó camino de Granada, como quien cierra el turno y se va a casa. Lo detendrían de madrugada en Puerto Lumbreras. Gloria tenía cuarenta y cuatro años y una hija de cinco. Y tenía también algo que convierte esta muerte en algo peor que una desgracia y la mete de lleno en el lamentable terreno de lo evitable: él ya estaba condenado por maltratarla, un juez le había prohibido acercarse a menos de quinientos metros de ella, y su nombre figuraba en el sistema de VioGén, que tanto el Estado como la Comunidad Autónoma sostienen, precisamente, para que esto no ocurra.