10 de agosto, 2026 - 06h30Imagino la alegría de mis padres cuando después de tres varones asomé yo. Vendrían tres niñas más y en un hogar tan poblado tocaba a veces hacerse cargo de uno y sus circunstancias. Tal es así que, según mamá, a los 3 años me vio partir, sin avisar a nadie y lonchera en mano, tras un hermano que ya iba al kínder. Al regresar la mirada reconozco que ser ‘dura de razón’ me ofreció un escape entre las telarañas culturales del siglo XX. Irrefrenable en la búsqueda de mi destino, pulverizaba lo imposible con retazos de olvido; todo era primera vez fuera de la caverna. Mi existencia se inició al intimar con un planeta fascinante más allá de J. Verne. Yo no era nerd ni la chica plástica de Blades. Mis libros convivían con farras, amigos y pasiones; nunca amé sin que el cuerpo y el corazón me abismaran en ello.Me formé en universidades públicas y privadas en Ecuador y afuera. Desde Urdesa iba en bici a la Universidad de Guayaquil, donde esquivaba balas entre grupos antagónicos; dos décadas después, León Roldós pondría allí orden con firmeza. Un día invité a casa a dos compañeros afroecuatorianos y mis padres, muy amables, se unieron para almorzar. A la hora del soufflé mis amigos empezaron a chocar los cubiertos contra la vajilla mientras cantaban algo subido de tono. Mamá desvió la mirada, papá se ajustó la corbata, y supe que era momento de fugar, consintiendo en que el respeto es de doble vía.En mi trayectoria profesional asistí, becada, a variados cursos y especializaciones. Presidí redes e instituciones, fui maestra de niños con discapacidad, docente y decana universitaria, conferencista, investigadora, articulista y asesora. También nadadora, balletista, guitarrista, cantante, pintora, mochilera y cocinera patética.Hoy deploro la asincronía de voces en el país y evoco los tiempos de acción colectiva, cuando políticos, académicos, sociedad civil, empresarios, medios y organismos internacionales acordábamos impulsar cambios en favor del bien común. Yo estudiaba las dinámicas organizacionales y estructuras sociales desde la visión compleja de E. Morin, y la teoría de acción participativa y campo de fuerzas de K. Lewin como marcos de intervención ante las ineludibles resistencias.De Lewin atesoro dos aforismos: “No hay nada tan práctico como una buena teoría” (L. Boltzmann y E. Kant) y “Si de verdad quieres comprender algo, intenta cambiarlo”, pues sé bien que, sin transitar la vivencia de ser en la acción, no es posible comprender la complejidad de los procesos de cambio. Aprendí que los hechos se interpretan de modo singular; que la subjetividad se enhebra en la decisión más racional; que nadie se salva de eros y thanatos; que el liderazgo no se improvisa. No se puede suponer lo que es gobernar (‘profesión imposible’ para Freud) en un mundo azaroso, desnortado y en discordia sin atravesar la experiencia. Ya decía Maquiavelo que no hay nada más difícil de emprender ni más dudoso de hacer triunfar ni más peligroso de administrar que la elaboración de un nuevo orden. Retornar a Ítaca es una ilusión. Son tiempos posdemocráticos, como ha señalado M. Alcántara Sáez. (O)
Gilda Macías Carmigniani: Mi grito de independencia | Columnistas | Opinión
Retornar a Ítaca es una ilusión. Son tiempos posdemocráticos, como ha señalado M. Alcántara Sáez.






