Hubo un tiempo en que la hegemonía de la espiritualidad era incuestionable. Corría el año 1965 y el 98% de los españoles se declaraban creyentes católicos ante los encuestadores del Instituto de Opinión Pública. Hoy, seis décadas después, esa afirmación corresponde solo al 54% de la población. La fe católica nunca ha sido menos popular en una España que, con excepción del año de la pandemia, no había celebrado tan pocos bautizos y casamientos como ahora y que ni siquiera tiene suficientes curas para cubrir todas sus parroquias: apenas 14.944 sacerdotes repartidos entre las 22.922 iglesias del territorio. Pero, mientras las capillas se envuelven en el silencio de la soledad, las pilas del bautismo se secan y cada vez menos parejas llegan al altar, hay una estadística donde la Iglesia no cede terreno: año tras año los colegios católicos engrosan sus matrículas. De acuerdo con cifras de la Conferencia Episcopal de España, estas escuelas congregan cerca de un millón y medio de estudiantes, lo que se traduce aproximadamente al 18% de todos los alumnos no universitarios del país. El modelo educativo católico se muestra estable a pesar de que todo indica a una veloz reducción de la población objetivo de alumnos y padres que profesan la religión. Las razones, naturalmente, no se encuentran en la fe. “Sigue habiendo familias que nos eligen por el ideario católico, pero muchas otras buscan mejores condiciones de convivencia, rendimiento escolar y un mayor cuidado por el alumno”, opina Luis Centeno, secretario general adjunto de la red Escuelas Católicas. Su comentario evoca una polémica comparación entre opciones educativas, reiterada desde que en España se creó el modelo de escuelas concertadas y cualquier estudiante puede ser asignado u optar voluntariamente por un colegio católico, aun sin ser creyente. Las motivaciones de esta elección no siempre tienen que ver con la religión, pero pueden explicar la brecha entre una fe sacramental en decadencia y la estabilidad del modelo educativo de la Iglesia. TE PUEDE INTERESAR Virginia, una mujer no católica y madre de dos estudiantes, tiene muy claro por qué optó por una escuela religiosa para la formación de sus hijos. Cita la versatilidad de los horarios, la transmisión de ciertos valores y la mayor implicación de los profesores. Pero, sobre todo, lo que ella define como un ambiente contenido. "La verdad es que yo tengo un colegio público al lado de casa, pero vivimos en una zona donde la población es muy diferente. Las familias que van a nuestro centro tienen un perfil que nos hizo preferirlo, aunque tuviéramos que ir más lejos", explica. No es una simple percepción. Desde dentro de la red Escuelas Católicas saben que se ha convertido en una prioridad para quien les escoge y se han asegurado de propiciar una determinada atmósfera dentro de sus centros. “Las familias valoran un clima lo más sano posible, pero en los centros públicos los problemas de convivencia suelen ser mayores, también por la tipología del alumnado”, refuerza Centeno. El alumnado en este tipo de centros muestra una menor diversidad socioeconómica frente a los centros públicos, como resalta el informe PISA 2022, que la OCDE realiza periódicamente a partir de la evaluación de estudiantes de 15 años en todo el mundo. La prueba muestra que la composición de ambos tipos de centros es claramente dispar. En España, un 48% de los estudiantes con un contexto socioeconómico favorable se concentran en escuelas privadas o concertadas, la mayoría católicas, muy por encima del promedio de 25,7% en el resto de la OCDE. De acuerdo con el propio informe, esta arquitectura socioeconómica tiene consecuencias para la segregación social “al concentrar a estudiantes de orígenes similares y crear burbujas de escasa diversidad socioeconómica”. Pero también subyacen en el desempeño de los alumnos. Ángel, un joven malagueño que cursó sus estudios en un instituto católico, pero que no creció en una familia creyente, lo tiene muy claro. "Mi colegio tenía fama de ser el mejor de la zona. El resto de las escuelas, en cambio, tenían muy mala reputación", asegura. El supuesto mayor nivel académico suele ser un argumento generalizado en favor de la educación privada. El propio Centeno lo cita y los resultados de la prueba PISA lo confirman. Los alumnos de escuelas privadas y concertadas obtuvieron entre 32 y 35 puntos más que los alumnos de centros públicos en España. La concertada además aventaja en la ratio de alumnos repetidores en los niveles de carácter obligatorio, con un promedio de 2,5% frente al 4,9% de la pública. Sin embargo, la OCDE asegura que estas diferencias también pueden explicarse por los perfiles socioeconómicos de los estudiantes y los centros. El informe PISA pondera los puntajes restando el peso de estos factores a través de su índice socioeconómico y cultural (ISEC, por sus siglas en español). Cuando se sustrae este índice, obtenido de una evaluación del entorno familiar de cada estudiante, las diferencias entre las puntuaciones medias de centros públicos y privados en España descienden hasta 16 puntos, situándose por encima del promedio de la OCDE. La nueva escuela católica "Había que ser muy ilusos para pensar que todo iba a ser siempre igual", dice el sacerdote Julio González, secretario general de la congregación de los Hijos de la Sagrada Familia. Intenta explicar la crisis de identidad que atraviesa el modelo tradicional de educación católica. Porque es consciente de que el caso de estudiantes y familias como la de Virginia, para quienes la vocación es algo secundario, no está aislado. Las escuelas religiosas han pagado la perpetuidad de su éxito con una significativa mutación, no sólo alejándose del ideario católico como prioridad, sino también cediendo el control casi por completo a docentes y personal laico. De acuerdo con estadísticas de la Conferencia Episcopal, actualmente el personal religioso en los centros católicos representa un escaso 3%, una reducción notable desde el año 2010, cuando aún constituían 9,2% de todas las plantillas. Es un mecanismo de supervivencia natural para un entorno al que cada vez le cuesta más encontrar su relevo generacional. "Ha sido así desde hace años, por una necesidad, porque ya no había tanta vocación", acepta Luis Centeno de la red Escuelas Católicas. No solo hay menos curas, sino que además los registros de seminaristas han caído hasta estancarse en torno a los mil estudiantes activos todos los años desde 2020. Sin curas, las escuelas católicas han tenido que buscar a su personal más allá de la vocación. De otra forma, incluso podrían quedarse sin suficientes profesores en sus aulas. Un problema que, de hecho, ya los aqueja. De acuerdo con estadísticas de la Conferencia Episcopal y el Ministerio de Educación, la ratio de alumnos por docente en centros religiosos es de 13,4, más de cuatro alumnos por encima de la ratio de 9,05 en escuelas públicas. "Que el director no sea un sacerdote es lo de menos. Incluso nos iremos encontrando cada vez más escuelas católicas sin ningún religioso", acepta González, esbozando un modelo mixto, que él considera la vía de supervivencia de la educación católica. "Los que no estén dispuestos a hacer la transición van a desaparecer", sentencia. Más de un centenar de colegios cerrados El vaticinio ya es una realidad para muchas congregaciones que se han visto obligadas a cerrar sus centros educativos. Las primeras afectadas han sido las órdenes más pequeñas, que se han resistido a ceder a los requerimientos académicos modernos, alejados de la fe, o bien no han podido actualizarse. Desde 2011, el número de colegios católicos en España ha ido descendiendo gradualmente en contra de la tendencia del resto del sistema. Los datos de la Conferencia Episcopal y el Ministerio de Educación muestran que, mientras que la estadística general de escuelas abiertas crece en 7,5% desde dicho año, la oferta de colegios religiosos se ha reducido en un 4%, con 108 cierres en total. Lo mismo sucede con las matrículas, que, si bien no dejan de crecer, han desacelerado su ritmo en comparación con otras opciones. Mientras que desde 2010 el alumnado de las escuelas católicas aumentó en 4,1%, aún queda detrás de la tendencia general de 6,8% y muy por debajo del crecimiento de 18,6% que ha pegado la educación privada y concertada no religiosa. Es una situación que avanza silenciosa, pero que no pasa desapercibida entre los principales administradores de la fe católica. "La seguimos con cierta preocupación e intentando ayudar en la medida de lo posible", acepta Luis Centeno, portavoz de la red Escuelas Católicas. La decisión de cerrar o traspasar un colegio, sin embargo, depende únicamente de la entidad titular que, en muchas ocasiones, transfiere la operación al mejor postor: sociedades mercantiles o fundaciones civiles interesadas en el negocio de la educación. Después de todo, los cierres se dan en un contexto en que el gasto público asignado a la educación concertada y privada viene de alcanzar un récord de más de 8.000 millones de euros en 2024, último año del que se tiene registro. "Hay nuevas entidades que ven oportunidades en estos cierres. Algunos de buena fe, otros que ven algo más de mercado", admite Centeno. Esta amenaza se suma al notable aumento de interés en la educación privada no religiosa y al escaso relevo generacional de la vocación. Entre todo, la Iglesia está logrando salvar su modelo de enseñanza, pero por un margen cada vez más reducido. El milagro no es precisamente de la fe, sino del mercado. La mano invisible le sigue escogiendo, pero ya no por los mismos motivos que antes, sino por criterios que poco o nada tienen que ver con una religión en decadencia. Un precio que paga cediendo su esencia tradicional.
Así son las nuevas escuelas católicas: más exclusivas, menos religiosas
La educación católica se enfrenta a un conflicto de identidad. Resiste los embates a la fe, pero a costa de un desapego de la vocación y su ideario tradicional







