Fue hace poco más de un siglo, en septiembre de 1924. Blas Infante, notario residente en ese momento en Isla Cristina (Huelva) y fervoroso andalucista, se embarca en un pintoresco viaje a Marruecos (en plena guerra con España) vía Lisboa y Casablanca con un único fin: encontrar la tumba de Al Mutamid, el rey poeta y último monarca de la taifa de Sevilla, en el que a su juicio cristaliza el mejor momento de la historia de Andalucía. Aquella “peregrinación”, una especie de homenaje espiritual que hizo impecablemente trajeado por el desierto, es la gasolina que alimenta el motor de un bulo, el de que Infante se convirtió allí al islam, teoría avivada en los últimos años por la ultraderecha para desprestigiar, según su visión, a uno de los pilares del andalucismo y con él a la propia autonomía.
“A Blas Infante se le puede criticar, pero no sacar una frase de contexto”, advierte el historiador Manuel Ruiz, estudioso del reconocido como padre de la patria andaluza por el Parlamento en 1983. Que fuese musulmán “no está documentado”, por mucho que se diga que ante la tumba de Al Mutamid en Agmat cambió su nombre ante un par de testigos, “una conversión que Infante no refiere en sus escritos”.










