Hay un lugar en Pyongyang donde las calles son m�s anchas, los bloques de apartamentos lucen fachadas reci�n pintadas y los escaparates exhiben productos que la inmensa mayor�a de los norcoreanos jam�s podr� comprar. All� viven los hombres y mujeres que sostienen el r�gimen de Kim Jong-un: diplom�ticos, altos cargos del gobernante Partido de los Trabajadores, responsables militares y directivos de empresas estatales. Desde fuera parecen pertenecer a una aristocracia blindada. Desde dentro, sin embargo, muchos viven con el temor permanente de que una denuncia o el error de un familiar puede borrar de un plumazo todo aquello que el r�gimen les concedi�.El destino de Jang Song-thaek resume mejor que ning�n otro la fragilidad de la �lite norcoreana. T�o pol�tico de Kim Jong-un, durante a�os fue considerado el segundo hombre m�s poderoso del pa�s y el principal mentor del l�der tras su llegada al poder. Controlaba importantes sectores de la econom�a, supervisaba lucrativos negocios con China y muchos analistas llegaron a verlo como el aut�ntico hombre fuerte del pa�s. Pero en diciembre de 2013 fue acusado de corrupci�n, traici�n y de intentar construir una facci�n propia. Apenas unos d�as despu�s fue ejecutado. Su ca�da provoc� una amplia purga entre familiares, colaboradores y funcionarios vinculados a �l.Para saber m�sJieun Baek, una de las mayores especialistas internacionales en Corea del Norte, explica que estos casos ilustran perfectamente que, en la dictadura de los Kim, el rango m�s elevado no garantiza protecci�n alguna: cuanto m�s cerca se est� del poder, m�s devastadora puede ser la ca�da.As� lo expone Baek en su nuevo libro: Privilegiados pero impotentes. Su investigaci�n, basada en entrevistas con diplom�ticos, altos cargos del Partido, empresarios estatales, responsables de la Oficina 39 -el organismo encargado de obtener divisas para la familia Kim- y antiguos guardaespaldas, ofrece una mirada in�dita al funcionamiento interno del poder en Pyongyang. Todos los testimonios nacieron, estudiaron o trabajaron en la capital, el coraz�n pol�tico del pa�s, y conocieron desde dentro la maquinaria del r�gimen.Jang Song-thaek, el t�o de �Kim Jong-un, poco antes de su ejecuci�n, en 2013.EFE"La idea equivocada es pensar que el privilegio implica necesariamente poder o seguridad", explica Baek en una entrevista con LOC. "Las �lites pueden disfrutar de mejores viviendas, educaci�n, alimentaci�n, atenci�n m�dica, empleo y acceso a bienes de consumo que la inmensa mayor�a de la poblaci�n. Algunos viajan al extranjero, ocupan cargos importantes o viven en los barrios m�s exclusivos de Pyongyang. Sin embargo, casi ninguna de esas ventajas constituye un derecho protegido. Todos esos privilegios son condicionales, dependen de criterios pol�ticos y pueden ser retirados en cualquier momento".La investigadora relata c�mo un cambio de viento pol�tico, la denuncia interesada de un rival, un comentario interpretado como deslealtad o incluso la conducta de un hermano, un hijo o un primo pueden desencadenar purgas capaces de arrastrar a familias enteras.Muchos de los entrevistados hab�an ocupado puestos que cualquier observador extranjero asociar�a con una enorme influencia. Sin embargo, detr�s de los privilegios describ�an vidas dominadas por la ansiedad. "Estas personas viven m�s cerca del centro del poder, pero tambi�n m�s cerca de sus peligros", resume Baek. "Su posici�n las expone a un mayor escrutinio, competencia y sospecha. Muchos describ�an vidas marcadas por una profunda inseguridad y por la certeza de que ninguno de sus logros pod�a protegerlos frente al Estado".Baek explica que los miembros de la �lite norcoreana no siempre saben d�nde est�n los l�mites, qu� relaciones siguen siendo seguras o qu� conducta podr�a reinterpretarse m�s adelante como una muestra de deslealtad. Y que ese mecanismo tiene un efecto devastador: impide que los propios dirigentes conf�en entre s�. Nadie sabe realmente qu� piensa el compa�ero de despacho, el vecino del edificio reservado para altos funcionarios o el colega del ministerio. Todos representan p�blicamente una lealtad absoluta mientras esconden dudas que jam�s se atreven a compartir.Kim Jong-un durante un acto militar en Pyongyang.AGENCIAS"El sistema no se mantiene unido porque todos los altos cargos crean en �l sin reservas", sostiene Baek. "Se mantiene, en parte, porque nadie puede saber realmente qu� piensan los dem�s, en qui�n puede confiar o si es posible emprender una acci�n colectiva. El r�gimen sigue siendo extremadamente eficaz recompensando la obediencia y elevando el coste de cualquier acto de disidencia".El inter�s de Baek por Corea del Norte naci� por casualidad. En 2005, durante su primer semestre de estudiante en Harvard, asisti� a una conferencia de Kang Chol-hwan, superviviente de uno de los campos de prisioneros m�s duros del pa�s asi�tico, encarcelado junto a tres generaciones de su familia cuando apenas ten�a nueve a�os. "Lo que ten�a delante era la historia de un ni�o cuya vida hab�a quedado destrozada simplemente por haber nacido en un Estado totalitario", asegura. Desde entonces ha dedicado m�s de dos d�cadas a estudiar una sociedad de la que el mundo apenas conoce fragmentos.Primero investig� c�mo las pel�culas, las memorias USB y la informaci�n procedente del exterior estaban transformando silenciosamente la vida cotidiana de los norcoreanos. Ahora ha decidido dirigir la mirada hacia quienes ocupan los pisos m�s altos de la pir�mide del poder. "Con demasiada frecuencia los norcoreanos son presentados como v�ctimas indefensas o como s�bditos sin rostro de un Estado todopoderoso", afirma. "Las personas que he conocido son observadoras, ingeniosas, ambiciosas, con sentido del humor, temerosas, valientes y moralmente complejas, como los seres humanos en cualquier parte del mundo".
Traiciones, esp�as y miedo: dentro de la paranoica �lite de Corea del Norte
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