Actualizado a las 01:23h.

La inflación ha vuelto a demostrar que no basta con que los salarios suban para que los trabajadores vivan mejor. Los convenios colectivos pactaron hasta julio incrementos salariales del 3 por ciento, pero los precios avanzan un 3,5 por ciento, de modo que el poder adquisitivo vuelve a deteriorarse por quinto mes consecutivo. Es un dato muy preocupante porque confirma que la recuperación de las rentas del trabajo sigue siendo frágil y porque afecta a una economía donde el salario más frecuente apenas supera los 16.500 euros anuales, según el INE.

No se trata de mera estadística. En pleno verano, cuando millones de españoles salen a las carreteras para disfrutar de sus vacaciones, el litro de diésel ha sobrepasado los dos euros. La cesta de la compra sigue encarecida, la electricidad presiona los presupuestos familiares y la vivienda absorbe una parte creciente de la renta disponible. Cualquier mejora nominal de los salarios desaparece antes de llegar a fin de mes.

La inflación sigue actuando así como ese «impuesto invisible» del que hablaba Friedman. Cuando el Gobierno se niega a adaptar el IRPF a la subida de los precios, la pérdida de poder adquisitivo se agrava. No deflactar la tarifa del impuesto significa que muchos trabajadores pagan más por incrementos salariales que apenas compensan la inflación. Los hogares quedan atrapados entre dos fuerzas: unos precios que erosionan sus ingresos y una fiscalidad que absorbe parte de las escasas mejoras salariales.