Seguro que alguna vez has dicho eso de “tengo un nudo en el estómago”, “se me ha cerrado el apetito por los nervios” o “me ha sentado mal por el estrés”. No son solo frases hechas. El intestino y el cerebro están en contacto constante, y esa conversación influye en la digestión, el apetito, el estado de ánimo, el estrés, el sueño y hasta en cómo percibimos algunas molestias.
A esta comunicación se la conoce como eje intestino-cerebro. Y en los últimos años ha ganado mucho interés porque la microbiota intestinal, el conjunto de microorganismos que vive en nuestro intestino, es una pieza clave en esa conversación. De hecho, estas bacterias producen sustancias químicas (como neurotransmisores y ácidos grasos) que viajan directamente hacia nuestro cerebro.
Esto no significa que un yogur cure la ansiedad, que una bacteria controle nuestras emociones o que la comida sustituya a un tratamiento médico o psicológico cuando hace falta. Pero sí sabemos que una dieta rica en fibra, alimentos vegetales, fermentados sencillos y comida casera puede ayudar a crear un entorno intestinal más favorable. Y eso, en conjunto, también puede influir en cómo nos sentimos.
El eje intestino-cerebro es una red de comunicación bidireccional, como un teléfono con línea directa entre el sistema digestivo y el sistema nervioso central. Es decir, el cerebro manda señales al intestino, pero el intestino envía constantemente información de vuelta al cerebro.











