La artista sevillana, viuda de Pansequito, acumula reconocimientos y muestra su autoridad con un nuevo trabajo discográfico, el primero en 25 años

Aurora Vargas se sienta en el porche y deja que su mirada recorra el jardín. La luz de la mañana se escurre entre las ramas de los limoneros hasta golpear el fondo de la piscina. “Dejé de usarla cuando él se fue”, cuenta la cantaora sevillana en referencia a su marido Pansequito, un reconocido flamenco que falleció en 2023 de manera repentina como consecuencia de un tumor cerebral. “Ya solo salgo a barrer las hojitas, no tengo ganas de más”, lamenta la artista gitana, que acumula reconocimientos y muestra su autoridad con un nuevo trabajo discográfico, el primero en 25 años. Tras dos álbumes de estudio, se ofrece en directo, improvisando y con toda su crudeza. Eleva el cante que asimiló en la fragua de su abuelo Manuel y estalla como pocos por bulerías.

Registrar un recital de Vargas supone todo un reto técnico. La artista prescinde por momentos del micrófono, se entrega a pulmón y ofrece pinceladas de baile que enloquecen al público. “Dios me ha dado temperamento, pero me sigue asustando el escenario”, confiesa sin rubor. “En los últimos momentos del camerino lo paso fatal. Benditos nervios, el día que no los tenga creo que mi trabajo no tendrá sentido. Luego voy disfrutando poquito a poco conforme termino un cante y luego otro”, concede a sus 70 años la artista, quien dice “entrar en trance” durante sus actuaciones. La tormenta que se va formando en su pecho solo necesita una señal de Diego del Morao para terminar de desencadenarse. Hijo y nieto de tocaores, admirado por la afición más joven, la acompaña en cuatro de los cinco cantes grabados en el Círculo Flamenco de Madrid.