Nayib Bukele ha convertido El Salvador en un escaparate mundial de la seguridad a costa de, cuando menos, dinamitar las instituciones y aprovecharse de una indudable popularidad para buscar perpetuarse en el poder, al que llegó en 2019. Javier Milei empuña una motosierra imaginaria desde la Casa Rosada, que ocupa desde hace casi tres años. Para entonces, Donald Trump ya preparaba su regreso a la Casa Blanca prometiendo la mayor deportación de la historia de Estados Unidos. En aquellos años, en Santiago de Chile, José Antonio Kast seguía creciendo mientras trataba de bajar el volumen a su nostalgia pinochetista. Desde el pasado viernes, Colombia está gobernada por Abelardo de la Espriella, otrora abogado de mafiosos, que ha convertido la provocación, el rechazo al progresismo y la promesa de una mano dura sin complejos en una plataforma política que le ha llevado al poder. Vistas por separado, ninguna de estas escenas explica América. Observadas juntas, empiezan a dibujar un mapa. Durante mucho tiempo, sobre todo en las dos décadas y media de este siglo, ese mapa se leyó como un péndulo. La región giraba hacia la izquierda y después, regresaba a la derecha. Por momentos, volvía al centro. Era una explicación cómoda, un consuelo, incluso, se podría pensar para las fuerzas derrotadas, en un continente acostumbrado a gobiernos inestables, ciclos económicos breves y electorados dispuestos a castigar al poder. Pero quizá el péndulo ya no baste para describir lo que ocurre. El color de los gobiernos ya no es lo único que está cambiando. Alberto Vergara, académico peruano, propone hablar de una América reaccionaria. La expresión, argumenta, evita la interminable discusión sobre si cada candidato debe ser descrito como conservador, radical, populista, ultra o de extrema derecha. También permite precisar la naturaleza del fenómeno: no se trata solo de fuerzas que desean reformas más conservadoras o un Estado más pequeño, sino de una reacción frente a las aperturas civiles, políticas y sociales que acompañaron a las transiciones democráticas y se ampliaron durante las últimas décadas. La derecha latinoamericana de los años noventa prometía dejar atrás el pasado. Hablaba de privatizaciones, disciplina fiscal, apertura comercial, modernización… En los gobiernos primaban los economistas formados en universidades estadounidenses, citaban las virtudes del mercado y ofrecían a países agobiados por la inflación y el fracaso estatal una entrada acelerada al futuro. Para aquella derecha, la historia era un lastre. Había que superar el populismo y reducir la política a una administración racional de la economía.La nueva derecha de América, como también, es obvio, la del resto del mundo, mira en otra dirección. No ha abandonado necesariamente el liberalismo económico —ahí está Milei—, pero ya no considera que el mercado sea suficiente para construir una identidad política. Un reciente texto académico de Vergara y la historiadora Camila Perochena lo ilustraba de la siguiente manera. En el centro de Lima, Francisco Pizarro volvió a cabalgar en 2025. La estatua ecuestre del conquistador había sido retirada en 2003 de las inmediaciones de la plaza Mayor. El alcalde de entonces defendió la necesidad de incorporar símbolos capaces de representar a una sociedad más diversa. Dos décadas después, otro alcalde procedente de la misma tradición política, Rafael López Aliaga, ordenó devolverla al centro histórico. Lo hizo acompañado por Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, y por descendientes de Pizarro, durante una ceremonia concebida no como la discreta restitución de un monumento, sino como una batalla por el sentido de la historia. El caballo era el mismo. La derecha, no.Para Vergara y Perochena, la nueva derecha se distingue de sus antecesoras precisamente por haber devuelto la historia al centro de la política. Una batalla cultural, a fin de cuentas, como la que proclama desde el corazón del imperio el movimiento MAGA de Trump (Make America Great Again). La restitución de Pizarro es algo más que una anécdota peruana. El Gobierno de Milei recuperó en Argentina la denominación del Día de la Raza y presentó la llegada de Colón como el comienzo de la civilización. Jair Bolsonaro reivindicó la dictadura militar y convirtió reliquias, uniformes y ceremonias en instrumentos de identidad política. Kast ha debido modular su relación con el pinochetismo, pero procede de esa memoria. En Perú se rehabilita la figura de Alberto Fujimori y se reivindica una tradición católica e hispanista enfrentada a lo que la derecha denomina marxismo cultural. Cada derecha adapta el repertorio que la derecha internacional ha mostrado en todo el mundo, especialmente en Europa, a su historia nacional. Pero detrás de esas diferencias aparece una voluntad compartida: revisar quién pertenece plenamente a la comunidad y qué grupos han adquirido, según esta mirada, demasiada influencia, demasiada visibilidad o demasiados derechos.La palabra nostalgia, sin embargo, puede resultar tramposa. La América reaccionaria no avanza solo porque haya encontrado una interpretación atractiva del pasado. Las grietas del presente han permitido este avance. La región acumula frustraciones: desigualdad, inseguridad, corrupción, violencia, servicios públicos deficientes y una desconfianza profunda hacia las instituciones. Y ocurre, en gran medida, después de que el progresismo, las izquierdas, hayan copado el poder como nunca antes en el continente, hasta el punto de que las seis principales economías de América Latina —Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile y Perú— llegaron a estar gobernadas por líderes progresistas al mismo tiempo, algo que nunca antes había ocurrido. Ahora, el malestar de la gente se le atraganta a esas mismas fuerzas. Como apunta Manuel Canelas, politólogo boliviano y exministro en el último Gobierno de Evo Morales, “a la izquierda le cuesta aceptar que hay un pueblo de derechas. Entre olas que van y vienen, quizás es bueno poner atención a lo que sedimenta debajo de ellas. El sueño de que todo fue un mal sueño ya no vale”. Pablo Stefanoni, periodista e historiador, autor del obligado ¿La rebeldía se volvió de derechas? (2023, Siglo XXI), advierte también contra la tentación de presentar un bloque compacto: “La extrema derecha es una suerte de comunidad emocional. Bukele dice que lo público debe ser mejor que lo privado; Milei, que el Estado es un pedófilo en un jardín de infantes; Kast es un nacional-conservador pospinochetista. El pegamento es el antiprogresismo o antiwokismo. Y ahora también Estados Unidos se une a estas derechas. Y, además, todas se alinean con Israel”, argumenta, al tiempo que destaca el hecho de que México y Brasil, los dos gigantes, aún siguen en manos progresistas. En ese universo emocional, las contradicciones en sus programas, en sus promesas, importan menos que tener un adversario común. Lo importante es ser celebrados por el mismo público, ávido de hostilidad frente al progresismo. La América reaccionaria no posee todavía un consenso comparable al que organizó el continente en los años noventa alrededor del mercado. En cada país responde a una urgencia distinta. La inseguridad y la mano dura fueron cruciales en Ecuador y Colombia; la economía, en Argentina y Bolivia, y la migración lo fue en Chile. Lo que identifica Antoni Gutiérrez-Rubí, consultor político, uno de los principales estrategas de la región, es una promesa transversal: “Recuperar el control perdido, ya sea sobre las fronteras, las calles o la economía. O dicho de otra manera: la previsibilidad de la vida, que tu vida no esté en riesgo en cualquier momento. Que el día siguiente esté suficientemente garantizado y seguro”. La seguridad ocupa un lugar central en la disputa de América. La expansión del crimen organizado y la incapacidad de los gobiernos para frenarlo han convertido el miedo en una experiencia cotidiana para millones de latinoamericanos. La derecha radical no inventa ese problema, pero sí ofrece una solución muy visual: megacárceles, soldados en las calles, operativos, estados de excepción. Las políticas de seguridad que producen avances discretos, sin exhibiciones punitivas, pueden pasar inadvertidas. La política de mano dura, en cambio, ofrece una compensación simbólica inmediata. Stefanoni lo califica de “marketing de la crueldad”. La megacárcel de Bukele no es solo una infraestructura penitenciaria; es una imagen política que circula mucho más allá de El Salvador. La izquierda no está ni mucho menos exenta de culpa ante el avance de esta América reaccionaria. Después de haber monopolizado durante décadas el lenguaje de la transformación, parte del progresismo repitió fórmulas agotadas y comenzó a ser percibido como una nueva élite. Los viejos populismos de izquierda perdieron capacidad para emocionar. Las políticas redistributivas asociadas al auge de las materias primas mejoraron la vida de millones de personas, pero resultaron insuficientes para transformar Estados débiles, economías informales y servicios públicos precarios. No solo eso, el ocaso de algunos de sus líderes es notable: Maduro está encarcelado en Nueva York; Cristina Fernández, en arresto domiciliario; Rafael Correa, exiliado en Bélgica; Evo Morales, autoexiliado en el Chapare boliviano arengando a las masas contra el actual Gobierno. Además, la reacción que hoy vive el continente no surgió fuera del sistema que combate; en parte fue incubada por él. Los gobiernos progresistas que abrazaron el caudillismo, la polarización y el desprecio por el pluralismo, que de transformadores derivaron en autoritarismos, ayudaron a legitimar esas mismas armas para sus adversarios. La idea de refundar la patria o presentar al opositor como traidor y convertir la victoria electoral en una especie de cheque en blanco, preparó el terreno para una derecha dispuesta a jugar con mayor agresividad. Abelardo de la Espriella, como némesis del Gobierno de Gustavo Petro —quien durante su mandato se dedicó a través de redes sociales a criticar a su oponente descalificándolo con ataques muy similares—, es quizás el mayor exponente. Hay otro componente que no es exclusivo de América, aunque se ha acentuado en los últimos años. Las ideas reaccionarias se expanden hoy a ritmo vertiginoso: foros, fundaciones, asesores, influencers, canales de vídeo y plataformas digitales convierten problemas locales en capítulos de una guerra cultural global. Como explica Pablo Stefanoni, se trata de una suerte de “gran supermercado global de argumentos reaccionarios, por eso los libertarios argentinos, donde no hay islamismo, hablan de la islamización de Occidente y tratan de construir un pánico moral absurdo”. Cada dirigente selecciona de las estanterías de ese gran supermercado los miedos que mejor encajan con su público. El comunismo, la inmigración, la ideología de género, el fraude electoral, las élites globalistas. Algunos productos se consumen en todos los países; otros se adaptan o se ocultan. Milei modera internamente ciertas posiciones que exhibe en los foros internacionales. Kast privilegia seguridad y economía cuando la guerra cultural amenaza con reducir su base. La reacción tiene convicciones, pero las encuestas aún pesan. Durante buena parte del siglo XX, el prototipo de líder personalista latinoamericano necesitaba un partido, un ejército, sindicatos o cualquier tipo de redes clientelares. El nuevo strongman u hombre fuerte es hoy en día una celebridad conectada directamente con millones de seguidores. Milei, Bukele, De la Espriella son líderes que narran su propia epopeya, identifican a sus enemigos y convierte cada crítica en una confirmación de que el sistema conspira contra él. En este sentido, Gutiérrez-Rubí sostiene que ha cambiado la infraestructura del caudillismo, pero no su lógica plebiscitaria y emocional: “Antes había una relación directa, hoy, a través de plataformas y comunidades digitales”.Donald Trump ocupa un lugar central en esa transformación, no porque todos los dirigentes latinoamericanos sean imitaciones suyas, sino porque el movimiento MAGA proporciona un lugar común a una familia ideológica dispersa. Durante décadas, el caudillismo fue visto desde Washington como una patología latinoamericana. No es que Estados Unidos se haya “latinoamericanizado”, sino que la América reaccionaria evidencia que el caudillo quizá no fuera una peculiaridad del sur, sino una tentación general de la democracia.Stefanoni introduce otro matiz necesario. Los nuevos líderes, algunos de ellos considerados outsiders, todavía no se han convertido necesariamente en caudillos clásicos. Pueden ser más celebridades que caudillos, más eficaces para destruir consensos que para fundar un nuevo orden. Muchos carecen de partidos sólidos y, hasta ahora, abandonan el poder cuando pierden las elecciones, aunque Trump y Bolsonaro hayan alentado asaltos institucionales después de sus derrotas. La América reaccionaria todavía no es un régimen regional ni un destino inevitable. Los progresismos mantienen bases sociales importantes, como demostró el gran resultado de Iván Cepeda en las últimas elecciones colombianas o Rodrigo Sánchez en Perú; las instituciones limitan en muchos países los deseos de sus dirigentes; los movimientos feministas y de derechos humanos conservan capacidad de resistencia. Las derechas han demostrado una enorme habilidad para ganar elecciones y organizar emociones, pero no necesariamente para resolver los problemas que las llevaron al poder.América Latina ha pasado buena parte de su historia buscando el futuro. La derecha de los noventa prometió encontrarlo en el mercado. La izquierda de principios del siglo XXI, en la igualdad y la incorporación de los excluidos. La reacción actual propone otro viaje: regresar a un pasado supuestamente ordenado, jerárquico y probablemente imaginario, anterior a la incertidumbre, a la diversidad y a la ampliación de derechos. Han encontrado un lenguaje para conjurar el desorden, pero aún deben demostrar si pueden gobernarlo.