Como lo señalamos en más de una oportunidad en esta columna, el problema de las derrotas políticas no es solo lo que no se gana, sino que también devela las falencias estratégicas del vencido (todo el mundo volvió a ver dónde renguea el perro). El gobierno que quería mostrar “el Congreso más reformista de la historia” se complicó innecesariamente por exceso de ambición. Los votos que necesita para mantener su impulso de cambio salen más caros ahora, después de esta semana de contratiempos. Ya sabemos que la Casa Rosada decidió –poselección– mantener el esquema de buscar apoyos ley por ley y no cerrar un acuerdo de gobernabilidad permanente con los dialoguistas. Esto le da más libertad de movimientos, pero sale más caro, tanto en términos monetarios como políticos y simbólicos. La cuestión es que un estratega debe planificar en función de una realidad dinámica, no estable, en donde las contrapartes no siempre aceptarán mansamente sentarse a negociar porque –como le gusta decir al león– “los tengo agarrados de los h…s”. ¿Los tiene agarrados? Parece que no. ¿Por qué? El primer punto es que el gobierno no puede no cumplir con la ambiciosa meta de superávit fiscal, lo cual le reduce notablemente el margen de maniobra para acallar la sed de sus eventuales aliados. Esta semana nos enteramos de que en julio se produjo el mayor ajuste de 2026.