0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialCuánto ha costado llegar hasta aquí. Es decir, el poder decir, parafraseando a Dickens en esa memorable primera frase de su Historia de dos ciudades (1859): vivimos en el mejor de los tiempos, vivimos en el peor de los tiempos. Cosas de la polarización. Todo depende de cómo se mire. Hay quien lo tiene todo, y otros, la gran mayoría y creciendo, que tiene bien poco o simplemente nada.Ante los sinsabores de la vida, que son muchos, las religiones tradicionales al menos ofrecerían la salvación eterna o una recompensa divina en el más allá; o bien sufrir espeluznantes tormentos por los siglos de los siglos. El que la gran mayoría de la población era analfabeta ayudaba muy mucho a la hora de imponer estas reglas del juego.El orgullo obreroMas a partir de las revoluciones industrial y francesa, esas viejas creencias, ante la huida de los campesinos a las ciudades y el sostenido avance de la alfabetización entre la población, irían cayendo en desuso, al ser reemplazadas por tentadoras ideologías y los furibundos nacionalismos que llevarían a nuestra civilización al borde del abismo mediante dos guerras mundiales. Atrás quedó la antigua dignidad que acompaña a los que sabían cuidar de su parcela, por muy pequeña que fuese.El poder de la vieja aristocracia resultó desfasado y hasta obsoleto ante el auge de los inmensamente ricos industriales. La esclavitud se pasó del campo a las fábricas, aunque bajo otro nombre. Aun así, surgió de ese inframundo algo nuevo: el orgullo obrero. Pese a las abominables condiciones laborales, sueldos de risa y jornadas interminables, los trabajadores aprendieron, como el Sísifo de Camus, a encontrar en su oficio algo de consuelo, una satisfacción al realizar una tarea con el máximo rigor. Y ya no digamos cuando pudieron ofrecer a sus hijos estudios y un porvenir mucho más ventajoso que el que ellos habían tenido.Pero vino la globalización a arrasar sin miramientos al mundo industrial y con él ese orgullo obrero. De hecho, ya no hay obreros, al menos no como los de antes. Tampoco sindicatos o sindicalistas. El ascensor social hace ya tiempo que dejó de funcionar, por muchos másteres y lenguas que dominen los hijos y nietos de la aniquilada clase obrera. Los que pueden, huyen. La acomodada clase media a la aspiraban ingresar duró tan solo un suspiro.Es la hora del sector de servicios y la hostelería. La tasa de desempleo en España cae, hasta situarse por primera vez desde 2008 en el 9,8%. Pero tan sólo es una estadística, que nada dice de las condiciones laborales de los contratados. Ni tampoco de la baja productividad.Tener un empleo -o una carrera- ya no es garantía de nada. Es cierto que se ha aumentado el sueldo mínimo interprofesional, pero tampoco llega como para hacer frente a unos alquileres por las nubes o el coste siempre al alza de la cesta de la compra. Las bajas laborales se multiplican. Después del enojo inicial al que semejante desazón incita, uno acaba entregándose a la apatía, a los analgésicos, a la desesperación.Para muchos, la vida consiste en atravesar un laberinto burocrático sin posibilidad alguna de dar con ese hilo de Ariadna que les permitiera hallar la salida. Nadie contesta a sus tan innumerables como infructuosas llamadas. Lo que te dan con una mano, te lo quitan con la otra. Y cuanto más se sepa de la IA, más miedo da.No es que la gente no quiera trabajar o ser más productiva. Lo que realmente anhela es sentir ese orgullo perdido, recuperar esa dignidad tantas veces pisoteada, y una vuelta a la vieja cortesía que tanto ayuda a hacer que la vida sea más llevadera y placentera. Ah, y un futuro mejor para nuestros hijos. Pero claro, en el despiadado mundo político actual, es como pedir peras al olmo.
El curro y las ganas de trabajar (como Dios manda)
Hay quien lo tiene todo, y otros, la gran mayoría y creciendo, que tiene bien poco o simplemente nada








