Es un movimiento simple, casi rutinario: girar la cabeza, mover el cuello y mirar a la persona que tienes justo al lado. Sin embargo, en una sociedad acostumbrada a vivir aislada y pegada a las pantallas, un gesto así se torna todavía más relevante. Para la pianista Clara Peya (Palafrugell, 1986), una de las artistas más inconformistas de nuestra música, la nuca es el “músculo de la empatía”. Se trata de una zona del cuerpo que nos obliga a dejar de mirarnos a nosotros mismos para fijarnos en quien tenemos alrededor, vertebrando también el concepto de su último disco.
La forma que tiene Clara Peya de entender la vida no se queda en su discurso, sino que define la manera en que crea y se relaciona con el arte. Es lo que lleva a la compositora a apostar por el trabajo colectivo, cediendo en esta ocasión sus canciones a dieciséis voces diferentes que dan vida al álbum Nuca, como las de Niño de Elche, Rita Payés, Judit Neddermann, Sharim Aresté, Mar Pujol, Juan Quintero o Anna Andreu. Acompañada por un piano de pared interpretado con sordina, su propuesta deja atrás la rabia en la búsqueda de un espacio de refugio y sanación.
De hecho, su necesidad de coherencia la lleva a posicionarse siempre por aquello en lo que cree. La artista se embarcó en la flotilla de Gaza para denunciar el bloqueo humanitario y participa activamente en iniciativas solidarias como las de Comando Señoras para apoyar al pueblo palestino. Sobre el escenario, Peya prioriza el mensaje por encima de cualquier pirotecnia o decorado. Tanto es así que su reciente trabajo la lleva a reflexionar sobre la importancia de frenar el ritmo, el peligro de los algoritmos, las consecuencias de los discursos de odio o la falta de más música como altavoz político.







