Los trastornos alimentarios son enfermedades complejas de la salud mental que pueden afectar a personas de cualquier edad, género, peso corporal o contexto social, y que muchas veces pasan inadvertidos justamente porque no responden al estereotipo de extrema delgadez que destaca entre las imágenes esperables socialmente cuando se habla de trastorno alimentario. Según estimaciones epidemiológicas internacionales difundidas por World Population Review, basadas en datos globales de salud, Argentina se encuentra entre los países con mayor prevalencia estimada de anorexia nerviosa. Más allá del lugar que ocupe en un ranking, el dato debería ser lo suficientemente relevante para formar parte de la discusión pública: los trastornos alimentarios son un desafío creciente para la salud pública y una detección temprana puede cambiar el destino de cada paciente. La evidencia científica estima que entre el 2% y el 5% de la población desarrollará algún trastorno de la conducta alimentaria a lo largo de su vida. Además, este tipo de enfermedades están asociadas con complicaciones médicas, deterioro de la calidad de vida, depresión, ansiedad, un mayor riesgo de suicidio y una de las tasas de mortalidad más elevadas dentro de los trastornos psiquiátricos. Hablar de trastornos alimentarios es mucho más que hablar de comida: es visibilizar el sufrimiento que hay detrás.