La fibra dietética ha pasado de ser “eso que ayuda a ir al baño” a convertirse en una de las grandes protagonistas de la salud digestiva. Y no es casualidad. Cada vez sabemos más sobre su papel en la microbiota intestinal (las bacterias beneficiosas de nuestro intestino), en la saciedad, en el control de la glucosa, en el colesterol y en la producción de compuestos beneficiosos, como los ácidos grasos de cadena corta.
De ahí viene también una tendencia que se ha hecho popular en redes sociales: el “fiber maxxing” o “fibre maxxing”, que podríamos traducir como “maximizar la fibra”. La idea, en principio, no está mal: comer más alimentos ricos en fibra, como legumbres, verduras, frutas, frutos secos, semillas y cereales integrales. El problema aparece cuando se convierte en una carrera por sumar gramos de fibra a lo loco. Al pasar de golpe de una dieta baja en fibra a una muy alta, las bacterias intestinales fermentan ese exceso de forma tan rápida que generan gases, distensión y dolor abdominal, ya que el ecosistema intestinal necesita un tiempo de adaptación. Además, si subimos la fibra sin aumentar el agua suficiente, puede actuar como un tapón y empeorar el estreñimiento. Tampoco funciona buscar esta fibra a base de productos ultraprocesados enriquecidos artificialmente, ya que carecen de la matriz natural del alimento y de los antioxidantes que el cuerpo necesita.












