Solemos pensar en el ejercicio de la arquitectura como un proceso perfectamente ordenado de adición de elementos y materiales. Sin embargo, en la casa Granada de Los Ángeles todo se hizo al revés. La obsesión de sus dueños fue retirar capas para recuperar el carácter de una construcción con más de un siglo de historia e insuflarle una vida completamente nueva a lo antiguo. Este rompecabezas arquitectónico ofrece una lección muy valiosa: identificar qué es lo que sobra en una casa puede ser una tarea mucho más gratificante y fructífera que centrarse en todo lo que le falta. Aquí sí, menos es más.El arquitecto cántabro Juan Sáez Pedraja y su mujer, la música californiana Lexi Carr, estaban buscando casa cuando, casi por casualidad, llegaron a Highland Park, en el nordeste de Los Ángeles. El barrio tiene algo de remoto: el clima es distinto, más cálido y seco que en la costa, y su imagen tampoco tiene nada que ver con la típica postal angelina de playa, mansiones y grandes autopistas. A principios del siglo XX fue el hogar de una comunidad numerosa de arquitectos, obreros y artesanos que trabajaban en la construcción de los bellos bungalows Arts and Crafts de Pasadena, unas pocas millas hacia el este. Más cien años después, Highland Park mantiene esa esencia, con una escala urbana y un tejido residencial propios de otro tiempo. “Nos pareció un lugar muy interesante”, explica Sáez Pedraja. “Hay bastantes zonas peatonales con bares y restaurantes, galerías de arte y tiendas guays. Es hípster, pero tampoco demasiado”.Y entonces, se toparon con una pequeña casa escondida en la calle Granada. “Tiene una localización muy bonita, elevada, entre dos fondos de saco. La vimos y dijimos: ‘es esta”. Construida en 1920, por fuera responde al arquetipo de lo que por allí se conoce como Mission Revival, un estilo basado en la reinterpretación de la arquitectura de las misiones españolas en California que se volvió muy popular en Los Ángeles en las primeras décadas del siglo XX. Por dentro, la perspectiva no era tan romántica. “Habían cubierto las paredes y los techos con placas de yeso pintadas con gotelé de un color azul bastante feo, y en los suelos habían puesto un vinilo terrible”, nos cuenta el arquitecto. “Era una cosa un poco desagradable a la vista, pero pensamos que tenía posibilidades”. La pareja abordó la reforma como un “proyecto arqueológico” en el que, a golpe de martillo, iban demoliendo esa cáscara de gotelé para descubrir lo que había debajo. “Un edificio con historia te obliga a dialogar con él”, explica Sáez Pedraja. “Conforme íbamos retirando materiales añadidos, la casa nos daba pistas de lo que teníamos que hacer. Todas las decisiones acerca de qué se quedaba y qué no, las tomábamos sobre la marcha. Esa improvisación hace que las cosas estén vivas”. Este proceso orgánico espoleado por la curiosidad, más enfocado en rescatar la identidad propia de la casa que en crear una nueva, parece todo lo contrario de un proyecto de arquitectura. “No tenía un presupuesto cerrado. ¡Ni siquiera hice un solo dibujo! Para mí, los planos son como una autopsia: en cuanto los terminas y los entregas, ya sabes cómo va a terminar. A partir de ahí, se acaba lo divertido, y todo son permisos, presupuestos y problemas en la obra. Ya no puedes inventar”.Mientras demolía, las posibles vidas de la casa se multiplicaban en la cabeza del arquitecto. El revoco de algunos muros interiores le indujo a pensar que quizá alguna vez habían sido exteriores, y que lo que hoy es su salón pudo haber sido antes un patio. En las paredes aparecieron ventanas que habían sido cegadas. Al abrirlas de nuevo, la casa resultó ser mucho más luminosa de lo que parecía en un principio, y los árboles frutales y el olmo chino del jardín se incorporaron al paisaje interior. Cuando eliminó los falsos techos, se encontró con la estructura primitiva de vigas de abeto Douglas, una madera muy resistente, de un color rojizo precioso. También se retiraron revestimientos de vinilo y baldosas para sacar a la luz la tarima original. La sensación de caminar descalzo por un suelo de más de cien años es increíble. Cruje y huele. Toda la casa huele a madera. “Me alegro de que lo hayas notado. La dueña anterior era una señora que tenía muchísimos gatos, y cuando la compramos, apestaba”, dice Sáez Pedraja entre risas.Por supuesto, no todo fueron buenas noticias. “Había mucho moho y muchas termitas”, recuerda el arquitecto. El suelo del salón estaba demasiado dañado, así que tuvo que reemplazarse. Utilizaron madera reciclada procedente de unas vigas antiguas, que cortaron y colocaron a 45 grados, atando visualmente los dos ejes perpendiculares que rigen el orden en planta. Esas imperfecciones y una ejecución descaradamente amateur refuerzan el alma artesanal de la casa. De hecho, no sólo la demolición, también la mayoría de los trabajos de construcción los realizó el arquitecto con sus propias manos y con un ayuda de un amigo músico en paro. “Todo esto lo hicimos en pleno confinamiento por la covid-19”, explica Sáez Pedraja. “Ni podía salir de gira, ni había conciertos. Él no tenía trabajo, pero sí herramientas”. Otras decisiones de diseño, aunque más sutiles, también imprimen personalidad a la obra. Por ejemplo, el arquitecto reemplazó los mecanismos eléctricos por unos de latón sin lacar. “Quiero que mi casa envejezca, que tenga textura. No me gustan esos interruptores inteligentes de hoy en día en los que puedes regular mil cosas. Esa interfaz está bien para un teléfono, pero no para un interruptor. Yo prefiero sentir el tacto de la palanquita cuando enciendo una luz”.Una vez la vivienda estaba recuperada, llegó el momento de habitarla. En línea con ese trabajo intuitivo de la reforma, la pareja entendió el interior como un lienzo en blanco receptivo a influencias superpuestas. El techo a dos aguas del salón, con el entramado de vigas y viguetas de madera a la vista, remite al carácter original de la construcción. “Cinco meses antes de comprarla visité la misión española de La Purísima Concepción en Lompoc, tres horas al norte de Los Ángeles. Es la que sale al final de Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson. El otro día estaba viendo la película y me di cuenta de que seguramente aquella imagen, quizá de un modo inconsciente, me rondaba la cabeza cuando estaba trabajando en la casa”. Los alicatados de los baños proceden de una fábrica española. Pero hay algo más, algo que conecta la casa con la tradición mediterránea. ¿Qué es? “¡Las alicantinas!”, exclama Sáez Pedraja. “Compré estas persianas en España. En Estados Unidos no conciben la protección solar por fuera de la ventana. No lo entiendo, porque es mucho más lógico bloquear el sol antes de que incida en el vidrio, y no después, como les gusta aquí”.La casa Granada conserva la esencia de la arquitectura colonial española, pero también admite muebles mid-century californianos, como las sillas de los Eames del comedor, objetos de estética industrial y algunos toques art nouveau. Nada de lo que vemos es atrezo, sino los elementos cotidianos que construyen el hogar familiar. En el salón, suena el viejo piano Yamaha en el que Carr compone sus canciones, y lo preside la chimenea, forrada con un conjunto de baldosas de cerámica con bajorrelieves hechas a mano por Ernest A. Batchelder, un artista y destacado líder del movimiento Arts and Crafts local. Sobre la repisa, descansa una escultura de un pez verde (“Es el regalo de una amiga. Es de Mali, y huele muy bien. Huele a madera”) y una lámina del ilustrador franco-ruso Romain de Tirtoff, conocido como Erté, comprada en el Rose Bowl Flea Market de Pasadena. A su lado, en la ventana hay una vidriera con un gato. “Mi teoría es que se elaboró en Judson Studios, una empresa familiar de aquí, de Los Ángeles, que lleva haciendo vidrieras desde el siglo XIX, y que la puso ahí la anterior dueña”.En la casa Granada, uno tiene la sensación de que el tiempo se detiene. “Yo creo que funciona porque no es un proyecto de arquitectura. No está pensada. Es pura intuición”, concluye el arquitecto. Y si luego algo no te gusta, siempre puedes deshacerte de ello a martillazos. De eso va esta casa, ¿no? “¡Claro! Quitar es mucho más barato que poner. Y más bonito.”
“Era desagradable a la vista, pero pensamos que tenía posibilidades”: cómo un arquitecto español “tiró” una casa de Los Ángeles para resucitarla
Ubicada al nordeste de la ciudad californiana, Casa Granada conserva la esencia de la arquitectura colonial española, pero también admite muebles ‘mid-century’, como sillas de los Eames, objetos de estética industrial y algunos toques ‘art nouveau’







